"Aquí huele a quemado". Un ser putrefacto de la sociedad, un yonki asqueroso, escupió eso entre los dos dientes que le quedaban cuando estuve a poco de detonar una silla en la cabeza de un cuidador de un psiquiátrico de larga duración. Aquí huele a quemado. Se trata de un truco, de una sorna, para terminar de detonar un volcán que dé espectáculo a vidas grises. Es extrapolable. Y lo peor de todo, lo es ante gente que aparenta máxima dignidad. Por mi dilatada experiencia psiquiátrica, cuando más noble el corcel, más zorro el jinete. Psicólogas, trabajadoras sociales, psiquiatras y todo el sucio elenco de la salud mental española del supuesto siglo XXI sólo sirven a un único fin: La limpieza de su propia toxicidad. Pudriendo mentes, haciendo acopio del maquillaje diario y la provocación infinita, desgastarán a quien juega limpio hacia justamente pretender demostrar lo opuesto. Por suerte, a veces, hay fallos en el sistema. Hay cientos de miles de ...