El llanto vikingo. Decían que no había nada peor para ellos que escuchar el lamento en forma de cascada de lágrimas de sus cónyuges, en el mismo instante en el que la guadaña segaba sus vidas. Pues bien, no es que ninguna guadaña esté segando mi existencia más que la de mi propio suicidio. No es que con especial intensidad nada me esté recordando la miseria de este sinvivir. Es simplemente que todo sigue igual. Igual de mal. Esta carta abierta no va para los novatos en la materia. Esos a los que he torturado en un ridículo extendido. En un vano intento por rugir, como un tigre enjaulado al que tras años de sufrir heridas mortales decide contraatacar. En un vano intento por alcanzar el hogar, como un elefante cuya hija quedó huérfana en tierras hostiles y se ha visto obligado a hacer piruetas para las masas. En un vano intento por defender a figuras de todos los ámbitos, jokers y superhéroes, aislados sci-fi y condenados vampíricos. Todo ello desde la manía bip...