lunes, 16 de octubre de 2023

Reseña: 'Leyendas de Animalia: Ramírez y el volcán' (por Leo Shaddix)

 



RESEÑA

Leyendas de Animalia: Ramírez y el volcán

por Leo Shaddix



INTRODUCCIÓN

 

 

 

La Charca de las Respuestas no era lo único gris esa noche. La mente de Leo Shaddix también pintaba de ese color un lienzo que comenzaba a dejar atrás el verano, con tal de dar con las primeras lluvias que habrían de conectar con un esperadísimo otoño.

 

—Estás muy rumiador esta noche, Lego. — La voz de Áltamir, el renacuajo al mando allí, se dejó escuchar alta y clara.

Por lo normal, a Leo no se le hubiesen caído los anillos a la hora de rebatir el mote que trataban de encasquetarle, pero lo cierto es que ni la energía abundaba, ni el ánimo daba para ponerse a discutir.

 

Tal como Leo agachó la cabeza, presa de un súbito abatimiento, Áltamir vio la oportunidad de hacer leña del árbol caído.

—¡Menudo pieza estás hecho, Lego!

Aquello sí hizo reaccionar a Leo.

Una mueca de sonrisa asomó en su rostro, mientras miraba de reojo como el renacuajo se echaba al suelo embarrado a patalear de risa ante su última ocurrencia.

 

Hizo bien en echar ese raudo vistazo, pues Áltamir detuvo en seco sus risotadas para lanzar una enérgica ofensiva con una gran sartén.

Mediante una maniobra ágil, Leo Shaddix no solo logró esquivar el golpe, sino que también arrebató el arma improvisada al renacuajo.

—Si algo de bueno tienen los bajones, es que condensan gran concentración y afilan los reflejos.

Fue el turno de Leo de reír, cosa que hizo con ganas, lanzando una sonora carcajada en dirección a la luna que, tímida, comenzaba a asomar entre nubarrones.

—Vaya, ¡Mira el Lego! Como si hubiese escudriñado lo insondable del futuro...

Leo alzó una ceja en ese mismo instante.

—Ahora que lo dices, llevo tiempo queriendo saber hacia dónde va todo este asunto de Animalia...

—¿A sunto de qué quieres saberlo?

En cuanto Áltamir se giró, con sonrisa bobalicona, para cerciorarse de que su broma había calado, la base de su sartén se estampó de pleno contra su rostro.

 

Mientras convulsionaba, lanzando revelaciones sin parar en torno al futuro de su mundo, Leo Shaddix no podía sentirse más satisfecho.

Sí, la lluvia del otoño estaba a la vuelta de una esquina donde ya caía generosamente la hojarasca.

Pronto, buenas nuevas habrían de llegar.

Como si la piñata de la que a veces se disfraza la vida fuera a recibir un soberano, sonoro y contundente sartenazo.







 

RESEÑA


 

 

¡Pero qué libro más divertido! Ahora sí que he escogido leer el primer libro de esta saga, ya que aunque no hace falta leerlos de manera correlativa, es lo suyo, para ir conociendo mejor a los personajes y ver como surgieron esas uniones y amistades que tanto me han gustado. 

 

Un humor muy sencillo, puro y sin pretensiones. Ideal para esos lectores más jóvenes y los adultos, sobre todo si buscamos algo de diversión como medicamento para la gris vida a la que estamos sometidos. Una novela muy corta llena de acción, aventuras y momentos que te harán sonreír. 

 

Ramírez vuelve a ser mi favorito, con diferencia. Aunque he conocido a muchos otros personajes que también se han llevado mi corazón. Animales muy simpáticos y llenos de carisma que saben captar la atención allá por donde van. Me da mucha curiosidad ver en que nuevos problemas se meterán en el futuro. 

 

Las páginas desbordan imaginación y calidad y parece que no se acaban. Sé que es una obra que muchos más podrán disfrutar. ¿Quién se resiste a un intrépido ratoncito que tiene que apagar un volcán para poder hacerse con la mano de su amada? No le faltan agallas para tener su tamaño. 

 

¡Qué buena decisión tomé al querer formar parte de esta saga y de todas las cosas buenas que me están dando! Ojalá nos den la noticia de que habrá varios tomos más, porque no pondríamos ninguna pega. 

 

¿Soléis leer historias así? ¿Os gustan los libros en la que los animales son los protagonistas?










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miércoles, 4 de octubre de 2023

El negocio

 





Es difícil imaginar, en sistema político alguno, una vida que no deba cierto patrimonio energético para con la causa general del planeta en el que nos hallamos varados.

 

Ya seamos currantes rasos, empresarios de bajo, medio o gran alcance, o simples “chupópteros” del sudor ajeno en pos de enfermedades relativas a nuestro tiempo, la conclusión pasa por una serie de horas que hay que justificar, validar y, en definitiva, volcar en el pozo de las arcas generales.

 

El negocio es quien manda. De eso no hay duda alguna.

En un póker elíptico, abandera cartas de gran potencial. Juega cual trilero con el tiempo y el espacio.

Nosotros, humildes usuarios y poseedores de la energía, los sueños y el ímpetu que son base de su motor, lanzamos piedras al aire con tal de atizar a la gigantesca gallina de los huevos de oro. Pero es solo una ilusión. Atinar en el blanco de cualquier sistema acutal significa ser defenestrado o sobornado al instante.

 

El negocio es quien nos levanta cuando solo queremos llorar.

Quien, una a una, nos coloca cada capa de cebolla, equipándonos con etiquetas que habrán de valernos para no destacar demasiado ni dar excesiva pena. Es también quien nos susurra el material del que está hecho cada gris, convirtiendo realidades opuestas a nuestro destino legítimo en una desgraciada suerte de caramelos que engullimos, desesperados con tal de no estar muertos en vida.

 

El negocio nos conoce mejor que nosotros mismos.

Sin embargo, ¿Conocemos los de a pie la naturaleza que nos envuelve?

Burros que se creen unicornios.

Eso es lo que somos.

Hacemos gala de nuestras bellas alas, venidas de tiempos remotos en los que nacimos.

Nos jactamos de nuestras trayectorias, como si nuestro sudor fuera más valioso que el sufrimiento de la mayoría de bestias usadas en la causa ganadera - cultural.

Nos vanagloriamos de haber salido adelante, sosteniendo en la palma de nuestras manos un mérito, a todas luces, ridículo y efímero.

Todo ello lo metemos en el horno de nuestro ego, hinchando resultados mientras, a la defensiva, aceptamos la herida, cual tigre desamparado y aplastado en su orgullo.

 

El negocio nos trata como meras fichas de un ajedrez mayor. Tan inconmensurable como cercano nos resulta el cosmos vecino.

 

Nos quejamos de todo.

Abogamos por la frialdad del siglo XXI.

¿Pero qué diablos hacen las personas que están viviendo ese siglo?

Seguramente te lo preguntes ante la previsión de unas holgadas horas de trabajo impuesto.

Quizá ante una maratón de series digitales.

Quizá te distraigas metiéndote tanta mierda como los burros que se consideran unicornios.

El resultado va a ser el mismo.

 

La zona de confort es la culpable, pero la solución no está en distraerse.

La respuesta, como todo problema colectivo, no radica en una solución megalómana y absolutista.

¿Te crees inocente?

¿Crees que este negocio regala y dispone con la justicia equivalente a tu trabajo?

A nivel personal, puedes irte a la mierda.

A nivel corporativo, ya estás en ella.



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