La cantante agarra el micrófono con delicadeza. La voz que va a fluir de su garganta la sabe desgarrada. La sabe triste. Va a estar rota por la raíz del despecho, esa herida común a todos y que unos ocultan, otros esgrimen y muchos simplemente intentan dejar sanar. La canción es preciosa. También quién la canta, una imagen generada a partir de todo lo que fue, lo que pudo ser y lo que ya nunca será. Cuando, de repente, el pianista aporrea los graves de su teclado, lo macabro de la canción hace que broten las lágrimas del juglar que escribe estas líneas. ¿Quién es ese teclista? ¿Es un hombre del piano más? ¿Otro proyecto fallido amarrado al fracaso? No lo sé. Por eso me acerco. Paso cerca de la vocalista. Me mira y siento como si mil puños oprimiesen de repente mi garganta. Solo dice una cosa. Me soltaste. Lo repite una y otra vez, con la dulzura única que albergan las primaveras pasadas. Con el peso del eco de los lúgubres lugares cuya oscur...