El letargo ha drenado el espíritu espartano. Porque el yelmo le asfixia. Las crisis de ansiedad, tan temidas como parodiadas, menospreciadas y finalmente negadas, se reproducen en nuestro sistema nervioso como un virus caprichoso. Sí, un virus. Curiosa forma de arrebatar la victoria de nuestra falange. Un ente minúsculo, pero tan poderoso que hasta el más recio termina por derramar alguna que otra lágrima. Porque el escudo le pesa. La actuación pierde enteros. Las capas de cebolla se desprenden. Todo el proyecto se desmorona ante la imperiosa necesidad de dar con nuestra identidad en unos tiempos que pujan fuerte por arrebatárnosla. Rodeados de una hipocresía y necedad cada vez mayores, vemos con impotencia como los comportamientos radicales son ensalzados sin importar su esencia. Son alabados sin reparar en procedencias. Halagos con forma de punta de rifle, flores atómicas para un afecto mayormente radioactivo. Leónidas. ¡Tu lanza...