jueves, 12 de enero de 2023

Tercera Experiencia Bipolar Sin Alcohol (Parte VI)


 


Qué agradable es redescubrir la música acústica sin las damnificaciones del alcohol.

Uno no es consciente, a menudo, del daño que ocasiona dicho tóxico, ya no solo al organismo, sino al proceder la misma mente. Como niños obesos que engullen y atesoran caramelos en una cabalgata abarrotada, el proceder del alcohólico no dista mucho en cuanto a compulsividad y necesidad ciega.

Así se nos van pasando los días. Jornadas que rápidamente se visten de semanas, para conducir los meses hasta transformarse en los fatídicos años perdidos a los que tanto miedo se suele tener. Y no porque no sean productivos en una u otra dirección.

Lo que se queda en el camino, y de qué manera, es la conexión con el interior de uno mismo.

Lo que se queda en el tintero es esa esencia que da el verdadero buen sabor a las cosas.

Ahora mismo, con la última luz de una jornada que trae bajo el brazo la crudeza del invierno, me siento tranquilo, casi mecido por el leve oleaje de una marea que ni sé, ni me importa, a dónde me conduce. La corriente afecta a mi vida, a mi entorno y, por tanto, a mis escritos.








 

El as bajo la manga, la jugada ganadora, es la reciente armonía que ha pasado a dirigir en el reino de mis sueños. Con fantasiosas medidas, en la colosal y abrumadora retahíla de aventuras y experiencias oníricas, un nuevo ingrediente maneja con gran estilo y personalidad la batuta de la orquesta de mi loca cabeza: La suavidad.

Podemos estar en el mismísimo infierno del caos o en una bella estampa celeste. Tanto da el símil del que hagamos uso. Cualquier persona con cualquier tipo de vida va a saber establecer su escala de grises, con su blanco y su negro muy bien estipulados. Está claro que, en cualquiera de las franjas de ese lienzo, siendo sinceros con nosotros mismos, seremos conscientes de que nuestra capacidad de control de la situación resulta irrisoria.

Aunque no ocurre lo mismo con las sensaciones.

Si bien la subjetividad juega un papel muy destacado en la concepción de nuestra realidad, estaremos de acuerdo en que existe un símil innegable y dictatorial en cuanto a fidelidad con nuestro periplo vital: El océano.

Podemos estar a la deriva o con rumbo fijo. Podemos navegar bajo nubarrones o vernos varados a pleno sol. Pero lo que está claro es que sabremos valorar la benevolencia de un trayecto suave.

 

Para el ser humano, tan dado a conflictos internos que terminan por desatar bestiales tormentas, quizá juegue un papel más poético el poderoso caer de los relámpagos, el atronador rugido de la lluvia torrencial o la potencia desmedida de las catástrofes naturales. Subestimar la tranquilidad en unas aguas profundas que tienen a bien el ser benevolentes con nuestro navío resulta una práctica habitual.

Es como si nuestro reloj interior contase el tiempo transcurrido desde el último vendaval, y nos hiciese apretar los dientes en previsión del siguiente.

Ahí es donde se nos escapa la vida.

Los miedos, las frustraciones, el deseo de fuga y el ansia de transformación agarran los momentos más preciados y rebozan el oro que los cubre con una pútrida capa de negación y menosprecio.

Eso nos aleja.

Nos distancia de la creación artística más natural.

Nos separa de nuestros seres queridos.

Erigiendo muros tan altos como las vendas que colocamos en nuestros ojos, el escenario se adapta constantemente con tal de invocar ese trago que nos permita respirar.

Y ahí es donde nace el problema de la adicción.

No es que seamos adictos a una sustancia en concreto, sino que nos volvemos aficionados a repetir un patrón que no duela tanto como duelen nuestras rutinas. Prácticas erróneas y mal enfocadas desde su misma raíz, y que intentamos atajar con una lluvia etílica que riegue esos cimientos que se tambalean.









Regresemos a la metáfora acuática.

Ampliemos la mira.

El propio universo podría considerarse fácilmente un mar desconocido.

Un ente, quizá meramente espacial o quizá vivo, quizá consciente quizá dormido, pero que con claridad hace y rehace, crea y destruye, muta y transforma con el objetivo de mantenerse en una suerte de equilibrio.

Es la única manera de viajar. Y no es por haber sufrido de más o conocido lo aterrador y lo indecible, no es por el hastío de la edad avanzada o por el dolor de las cicatrices que se aprende a valorar la tranquilidad.

Ese agradecimiento se debe más, creo, a que dicho ingrediente, base en toda estabilidad, resulta clave en el éxito del viaje de forma simultánea. 

Es cierto que no sabemos a dónde trata de ir el conjunto universal.

Resulta evidente que no sabemos a dónde se dirige nuestra especie.

Incluso podríamos afirmar que el individuo en sí mismo anda más perdido que lúcido.

Sin embargo, ¿A dónde va cada océano? ¿A dónde va cada bosque? ¿Hacia dónde se dirigen los planetas en órbita?

Todas esas preguntas hallan una raíz en sus posibles respuestas empíricas.

Van a existir. A rubricar un periplo en armonía con cuanto les rodea y les pertenece.

 

Podemos considerar necesario que el guion se altere. Que todo se salga de control puntualmente y se generen fenómenos, por otro lado, necesarios y benignos a largo plazo. Pero no vamos a ver un futuro halagüeño en nada ni nadie que apueste por el caos puro como fórmula a seguir, dogma al que adorar o pauta de consumo.

El alcohol representa a ese caos.

Libera y desinhibe, bebiendo al mismo tiempo que empinamos el codo de nuestro subconsciente. Un lugar que, por mis experiencias oníricas, si se aliena con tóxicos termina por mostrar su peor cara.

 

En fin, querido lector.

Gracias por acompañarme en estas primeras reflexiones del curso que recién arranca.

Te alegrará saber que voy rumbo a una semana sin consumir. Ya casi es mía.

Por ahora, tuyos son estos puñados de letras que has leído.

Por si sirven para encender algo.

Hace frío, y pronto oscurecerá.





Continuará...


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domingo, 11 de diciembre de 2022

Tiempos oscuros


 


 Tengo frente a mí una vela que no sé si encender.

 

¿Qué son los tiempos oscuros?

 

Todos, corazón en mano, incluso los que lo tienen más pequeño, sabemos a qué hacen referencia este puñado maldito de palabras. Hablar de ausencia de luz es hablar de miedos irracionales a fantasmas que, de algún modo, logran abatir las puertas de la realidad, abriéndose paso hacia nosotros. Castigan nuestra mente, sí, pero lo peor es la tortura infringida al alma de nuestra condición humana. Les mueve el motor del cambio desfigurado, de la transformación negativa y de la negación de la luz.

 

En esta vida nos vemos obligados a recorrer senderos que conducen a territorios yermos. Lugares donde la desolación es tan constante que raro sería no tildarlos de pesadillas vívidas al ubicar en ellos nuestra mirada más interna y personal. Porque, para los demonios, el paso del tiempo no existe. En su asíncrona avanzadilla, saben que cada vez que algunos cerramos los ojos, tienen ahí una nueva oportunidad.

 

La vela que tengo enfrente parece mirarme con una mezcla de amabilidad y comprensión. No me decido. Aún no.

 

Las heridas que recibimos en las partes más aciagas de nuestras vidas no suelen ser aquellas más sangrantes. Hay venenos que nos pudren por dentro a profundidades tan vastas que nos marearían tanto como contemplar las inmensidades de lo infinito.

Mares formados de lagos que beben de los charcos de nuestras lágrimas conforman el gran océano del dolor general que se respira hoy en día. 

Un mundo de zombis en busca del calor de un aliento de esperanza.

Niños que corren con todas sus fuerzas tratando de huir de los tiempos de mayor oscuridad.

Adultos fortachones y taciturnos que duermen en posición fetal tratando de no llamar la atención de la ansiedad.

 

Hubo un tiempo mejor.

Épocas de luz, de playa y sonrisas, camaradería e ilusión.

Una suerte de juventud interior nos es prometida cada vez que asoma el sol. Aunque, como toda forma joven, parece que el paso de los años la marchite, negando incluso la veracidad de su existencia.

 

Sonrío a la vela, pues ya sé de qué se trata. 

No es que hubiese un tiempo mejor, sino que lo va a haber. Y, si estás leyendo mis líneas, la luz de esta vela que enciendo es para ti. 



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miércoles, 12 de octubre de 2022

Tercera Experiencia Bipolar Sin Alcohol (Parte V)

 




Mucho tiempo sin actualizar esta tercera experiencia.

Algo que podría deberse a una abstinencia un tanto contra las cuerdas o, como es el caso, una constante recaída tras otra con la brújula lejos del objetivo.

Querido lector, si no tiro la toalla al respecto es porque, de algún modo, sigo con la empresa entre ceja y ceja. Que Goliath me esté pisoteando, haciéndome comer el barro, no significa que no disponga de las estrategias, el ánimo y la energía para contraatacar con aplomo.

 

El transcurrido desde la última vez que nos leímos ha sido un lapso que, sin llegar a ser una era o una época en sí mismo, ha marcado un punto de inflexión en la hoja de ruta.

A una suertuda oportunidad laboral para mi pareja le ha seguido la locura de la mudanza exprés. Una locura realmente estresante, dura por momentos y cargada de inseguridades en otros. 

Aunque, para un maníaco depresivo de nivel top, no representa más que unas leves cosquillas para una mente que se ha acostumbrado a trabajar como un soldado.









Este va a ser el primer gran tema a tratar en profundidad en nuestro reencuentro.

Mucho se habla de la importancia de vivir el presente. De hallar felicidad en lo que disponemos actualmente.

La mente soldado es claramente un obstáculo insalvable para dicha empresa. Y no porque ubique el punto de mira en los horizontes del futuro, precisamente. 

Esta manera de actuar es, claramente, una forma de protección. Como si blindásemos nuestro navío, sabedores de nuestra especial situación de inferioridad ante un océano puntualmente embravecido.

 

Lo que nos lleva al segundo gran tema.

La naturaleza de la tormenta marina.

Seguramente, querido lector, estarás ducho en traslados y cambios de vida, si no de propia cosecha, sí a través de personas cercanas. Apuesto a que no terminas de entender dónde mora tanta complicación, tanto fatalismo y tantas sombras agazapadas.

Es aquí donde tengo que mostrarte, no sin cierta pena y gran pesar, la carta de la psicosis por manía.

Las pesadillas han ido in crescendo a medida que mi mente ha decidido prescindir de horas de sueño y hábitos saludables. Han crecido hasta el punto de confundir mi percepción del espacio tiempo mucho más allá de los abruptos despertares. 

No es plato de buen gusto ni algo que me plazca reconocer... Pero sí, el océano se me ha vuelto un tanto loco, muy agresivo y verdaderamente peligroso.









De vuelta al primer tema, tengo que decir que la mente soldado funciona muy bien en fases como esta. Tanto es así, que no solo me ha permitido no naufragar en los diferentes tempos que contemplan las mudanzas, sino que me hace llegar con fuerza a mi gran misión: La guerra eterna contra el alcohol.

Como siempre, la conciencia de que hay un problema gordo instaurado entre los pilares de mi vida, llega de forma casi sorpresiva. Casi.

Porque como vengo diciendo desde el arranque de este texto, no ha habido jornada desde el verano que se ha consumido en la que no haya estudiado un poco más al tremendo Goliath que tengo enfrente haciendo oscilar su garrote. 

 

A todas estas, el mar ha vuelto a mí.

O yo he regresado a él.

Tanto da.

 

¿Se puede ser más feliz?

Dudo mucho que eso pueda acontecer. Mi predisposición a la sonrisa ha crecido exponencialmente desde que escucho a mi eterno aliado susurrar mediante su oleaje todas y cada una de las madrugadas de esta nueva vida.

Con él, van de la mano salvajes zonas de acantilados, bellos amaneceres y crepúsculos, y hasta las nubes que decoran mi balcón parecen jugar a dibujarse de forma brillante.

 

Sí, me encuentro a lomos del caballo de la fase alta bipolar.

Aunque, al menos, esta vez le he colocado bien el sillín de la medicación.

El viento golpea frío y fuerte el rostro cuando surfeas la hipomanía hasta llegar al vuelo maníaco, pero lo cierto es que ayuda apagar los motores un buen rato cada día. Si eso no aconteciese, mucho me temo que mi destino sería, una vez más, la fatal colisión por altas velocidades.

 

Así las cosas, creo que puedo afirmar sin apenas margen de error que la realidad ha cambiado por completo. Ha dado un giro diametralmente opuesto a la vida de arenas movedizas contra la que tanto luchaba.

Ahora el quid de la cuestión radica en frenar, en reposar hasta el correcto aterrizaje.

Pues el horizonte ya no es una promesa difuminada en la niebla de las posibilidades. No, ahora el futuro está a mi lado abrazado al presente, jugueteando con las mil cosas que deseo hacer en esos paisajes paradisíacos que ya forman parte de mi nuevo hogar.









Solo una cosa me molesta en mis vistas privilegiadas.

Un pequeño detalle de proporciones tan inmensas que podrían llegar a eclipsarlo todo.

Goliath, ese maldito hijo de puta.

Hubo un tiempo que se disfrazaba de anaconda, ocultándose en depresivos lagos que tornaban imposible la empresa de darle caza.

Pero, ay ahora... Ahora que el fuego ruge de nuevo en mi corazón y prende la antorcha con la que ilumino mi destino, la forma de mi enemigo se antoja incluso conveniente. Es tan grande el problema de la adicción, es tan bruta su compaginación con mis rutinas... Que esta vez no voy a intentar ni huir, ni excusar. 

 

Voy a pasar al ataque, en una lucha diaria que, aunque de nuevo sitúa el contador a cero, sé que tiene tintes de gran final a una odisea que ya ha durado demasiado.

 

Espero me acompañes, querido lector, como siempre en verdad has hecho.





Continuará...


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Mis reseñas: 'Blacksad 4: El infierno, el silencio' (Juan Díaz Canales & Juanjo Guarnido)


 


BLACKSAD 4

El infierno, el silencio

por Juan Díaz Canales & Juanjo Guarnido


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RESEÑA


Caer en tópicos en terreno artístico puede resultar un arma de doble filo.

En un cómic, territorio del que entiendo menos de lo que me gustaría, supongo que el doble filo hace bailar sobre él a las partes literaria y gráfica. 

Los artífices de la obra pueden ser tildados de recursivos. De reiterar en una empresa cuyos tópicos igual se han establecido sobre el propio pasado de esta. O bien, pueden salir a hombros en una nueva iteración de genio, talento e inspiración.

 

Lo mismo vale a la hora de reseñar. 

Es por eso que a la hora de posar mis dedos en el teclado para reseñar este cuarto volumen de Blacksad, como si me tratase del mismísimo personaje apodado “Little Hand” sobre el que gira la trama, no he querido rememorar qué dije o desde dónde analicé las anteriores entregas.

 

La desaparición del pianista Sebastian “Little Hand” Fletcher nos sirve a los afortunados lectores para viajar al bullicioso, musical y claroscuro Nueva Orleans. Y digo afortunados con toda la intención de caer en el tópico y comenzar mi composición con la misma nota de siempre en cuanto a la obra de Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido: Esto es para quitarse el sombrero.

 

El resto de la reseña podría centrarse en destripar un poco la trama aquí y allá, o en lanzarme a un análisis de la calidad narrativa de la historia, que sería la parte que me toca más de cerca. Sin embargo, debo reconocer que este tomo me ha sentado como un buen bourbon disfrutado ante las mieles de una actuación en directo. Afortunadamente, nadie ha puesto nada raro en él, lo que me habilita a dejarme llevar y tocar otras ramas sin miedo a peligrosas borracheras de juicio despiadado o resacas llenas de arrepentimiento por lo criticado.

 

Este tomo, titulado “El infierno, el silencio”, bien podría tener integrado un pequeño altavoz. Un humilde y mágico sistema que hiciese manar jazz mientras vamos pasando páginas y avanzando por una historia que, una vez más, se sienta ante el piano con el teclado plagado de tópicos... Para lograr componer una pieza única a partir de lo bueno aprendido y la mejor innovación. 

En un constante vaivén temporal, parece que la trama nos tambalea como mecidos por la corriente de un río de acontecimientos que se aceleran y retraen.

Un ejercicio que en ocasiones parece arriesgar hasta el punto de generar cierto vértigo en la lectura, pero tan elegante que en ningún momento se llega a dudar de que concluya bien resuelto. Y eso, en esta serie de comics, ni quiere decir final feliz, ni implica que no vayamos a tocar aspectos tan sucios como impresionantes son todas y cada una de las viñetas.

 

Lo han vuelto a hacer. Una cuarta joya para lo que empieza a ser un nutrido tesoro.

Si Blacksad fuese literalmente música, no me cabría duda alguna: El silencio sería un infierno.



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Mis reseñas: 'La vasija de Astarté' (Óscar Lozano Álvarez)



 

LA VASIJA DE ASTARTÉ

por Oscar Lozano Álvarez


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RESEÑA


Recuerdo haber disfrutado de lecturas cargadas de suspense y aventura tales como Cero Absoluto, El Reich de hielo u Odessa. Todas ellas jugando con un mismo y lamentable periodo histórico, cuyo análisis, en esta ocasión, no viene al caso.

Ahora lo que nos ocupa es, más bien, la estructura de esas novelas. Puzles que buscan el compendio de un amplio abanico de personajes, escenarios y diferentes tiempos en la narración. Enigmas que tratan de proteger con mimo la perla de un misterioso núcleo alrededor del cual enarbolar toda una historia.

 

Oscar Lozano Álvarez ha sido, continúa siendo y espero que siga siendo, un compañero de letras de lo más especial. Cuando lo conocí me pareció un excelente reseñador a lomos de una carga analista de bella factura.

Hoy en día, después de que no solo navegase por los mares de mi Saga Identidad sino que también viajase por los mundos de Leyendas de Animalia, no me ha sorprendido especialmente que se sacase de la chistera su primera incursión literaria novelizada. 

Junto a dos compañeros, no hace mucho que fraguaron un ejercicio de homenaje a la mencionada saga Identidad. Una labor que me dejó claro el potencial del que los tres integrantes disponen a la hora de narrar y transmitir.

Pero una cosa es disponer de navío y otra muy diferente lanzarse al mar.

Ahí hay normalmente un oleaje tramposo, tormentas imprevistas y miles de contratiempos de aleatoria aparición. Y, en la escritura de una novela como la que ha abordado Oscar, suelen aparecer todos esos factores.

 

¿Puedo lanzar la conclusión al juicio?

Desde ya puedo adelantarte, querido lector, que no vas a asistir a tal acto. Pues, en lugar, de calificar con mente fría lo que he experimentado al leer ‘La vasija de Atarté’, prefiero mil veces invitarte a entrar en el misterio por tu propio pie.

 

La Fiesta de la Cosecha va a tener lugar, en el siglo V a.C., una primavera en Vegas del Guadiana. Gerión, un joven que debe enfrentar la prueba que probará su madurez para su poblado, va a interaccionar con gran parte de él en una trama con generosas dosis de aventura y, cómo no, de un misterio que no va a quedar aislado de la trama global.

 

En la actualidad, la teniente Blasco partirá desde Madrid, junto a su buena amiga y compañera Daniela Ibañez y el subinspector Álvarez, en dirección al Yacimiento de Casas del Turuñuelo, ubicado en Badajoz. Será allí donde el autor dará fuerza a los fogones de su imaginación para sacar adelante una trama donde el suspense más vertiginoso dispondrá de gran protagonismo.

 

Apoyándose en situar el foco en variados puntos del puzle, esta novela prácticamente obliga a ser leída de una sentada. 

 

Como he dicho, no voy a emitir un juicio contundente. Pero sí puedo hablar del sabor que me deja. 

He comenzado esta reseña citando algunos ejemplos de novelas que me han rondado la cabeza mientras leía ‘La vasija de Astarté’. Y el paladeo de esta novela es tan parecido a todas ellas, que solo puedo felicitar enérgicamente a Oscar.

Estos libros que tanto saben a intriga y aventura parece que lleven por bandera la ilusión del autor. Si además van acompañados de una buena labor de documentación e investigación... Son, para mi gusto, unos caramelos irresistibles para madrugadas otoñales como la que me ha servido para disfrutar de esta primera incursión del autor en el terreno.

 

Le deseo lo mejor y espero que lleguen muchas más.




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Mis reseñas: 'Blacksad 3 | Alma roja' (Juan Díaz Canales & Juanjo Guarnido)


 


BLACKSAD 3

Alma roja

por Juan Díaz Canales & Juanjo Guarnido


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RESEÑA


¿Cómo una novela gráfica puede hacerte sentir como en casa?

 

A falta de otros tres volúmenes, mi camino por la serie Blacksad apenas ha recorrido tres tomos: ‘Un lugar entre las sombras’, ‘Arctic Nation’ y este que nos ocupa, ‘Alma roja’. Pues bien, en mi especie de retorno al hogar, Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido han preparado algo así como una velada privada. Una cena especial.

 

Solo así podría definir la experiencia visual y lectora que he experimentado. 

Cada viñeta es oro puro, cada diálogo una genialidad. Tanto da que nos encontremos en una paradisíaca playa privada, en el hogar de un pintor o ante el sonriente rostro de todo un gilipollas. Al final, uno anida en lo que más le cala y, en mi caso, bebo a raudales de la camaradería, los viejos aliados y el amor.

 

Un amor que en Blacksad se nos presenta con fuertes raíces ante circunstancias huracanadas.

Solo puedo afirmar de su presencia en ‘Alma roja’ que la preparación, cocción y (difícil) digestión de sus ingredientes a buen seguro lograrán quedar en la memoria de todo lector.

 

Aunque, como siempre, hay mucho más.

El escenario de esta entrega es, como reza el propio comic, de grandes palabras y grandes conflictos. La manera de enfocar la guerra fría en la que nos ubica resulta especial, porque adquiere formas de todo tipo menos las precisamente frías. A eso nos tiene ya acostumbrados nuestro felino detective, protagonista indiscutible una vez más, y de nuevo rodeado de personajes ultra carismáticos.

 

El que escriba estas líneas con cierta pena y el corazón en un puño me dice mucho acerca de cuanto me ha transmitido esta historia. Es como una de esas peleas en las que se inmiscuye John Blacksad casi a diario. ‘Alma roja’ vapulea tu mente con una trama que atrapa, impresiona tu vista con un arte espectacular y anida en tu interior un peso que solo con gran maestría podría concentrarse en un puñado de páginas.

 

La elegancia con la que los autores dejan que, sutilmente, el poso de su mensaje llegue al lector es merecedora de aplauso. No uno como el que podría llevarse un alocado lector de poesía rodeado de antorchas en una madrugada en la playa. 

 

Más bien, el aplauso silencioso de alguien que, totalmente satisfecho con la lectura acontecida, sonríe ante el consuelo de hallarse a mitad de camino. Como en la vida, el equipaje es pesado y puede doler, pero en cada nuevo tomo venidero brilla con fuerza la emoción de una nueva aventura y, cómo no, lo cálido del regreso al hogar.




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jueves, 4 de agosto de 2022

La transcripción de los 25 mundos

 




Recuerdo cuando mi padre me llevó, apenas rondando los diez años, a un pequeño cine a ver, en su flamante sala 1, el estreno de Parque Jurásico. 

Veníamos de urgencias, pues el gato de mi abuela no andaba muy fino y me acababa de destrozar la pierna usándome de rascador para su impulsividad. Aunque, una vez la magia de Spielberg llenó la pantalla de temibles depredadores, rápidamente todo quedó en anécdota.

Hoy no están ni mi abuela, ni aquel gato, ni el cine.

Pero lo que si está es el espíritu de aventura de aquella pareja padre hijo que acudió al cine en clara búsqueda de una experiencia bien emocionante.

 

Con el tiempo salieron a la luz las técnicas empleadas en el film.

Mediante habilidades de lo más artesanales, me impactaba sobremanera cómo se había logrado una inmersión total en la trama por parte del espectador.

Técnicas que venían cociéndose a fuego lento en películas de todo tipo y género, pero dando en la aventura y la fantasía su más valioso bastión. Willow, Star Wars, Gremlins... la lista a comienzos de los 90 era nutrida a más no poder.

 

Hoy en día me cuesta ver películas.

Cinco brotes psicóticos en la memoria histórica de mi cerebro, además del crónico trastorno bipolar, supongo que tienen que cobrar, día a día, la financiación de la gran suerte que he tenido de aún poder pensar y, por tanto, plasmar en papel dicho flujo mental.

Una fortuna que no solo se conformó con un tono ensayista y una canalización literaria. Desde que los cimientos de la Saga Identidad fueron colocados con idénticas dosis de mimo y desequilibrio, desde que ‘La Cabaña’ vio la luz, una senda de textos, un universo en palabras, explosionó desde ese big bang inicial.

 

En otras ocasiones he querido efectuar análisis de los procesos de escritura, he buscado peinar elencos de personajes y escenarios. Incluso he sobrevolado la evolución en los compases iniciales de la Identidad, analizando sus primeros volúmenes desde la perspectiva privilegiada que solo el tiempo concede.

Uno de esos análisis tomaba la luz como fuente comparativa.

De la hoguera de La Cabaña al farolillo de La Taberna. Un elemento, sin duda, clave a la hora de explorar la cruda temática que contienen dichos libros.

 

Sin embargo, ¿En qué bendito momento agarré la cámara?










 

Sería con la gestación del tercer volumen de la Saga, titulado ‘El símil: Día del lector’, que el componente cinematográfico entraría en escena. Un volumen que proponía, sin dejar de lado mucho de lo vivido en los laberintos de la psicosis y la adicción, lanzarse a vivir una serie de aventuras interconectadas por el hilo conductor de la bipolaridad.

Y la magia estalló. 

El milagro tuvo lugar desde la misma primera página.

De repente, cámara en mano, o al hombro más bien, mis inquietudes no solo disponían de ríos de tinta por escribir, sino que además disponían de un billete de ida y vuelta a infinitud de mundos que admiraba y anhelaba sobremanera.

 

Es curiosa la mente humana.

La capacidad de atención y la paciencia pueden verse mermadas por agresivas desconexiones cerebrales, pero al mismo tiempo potenciar la capacidad de inmersión en la ideación de incursiones literarias.

Poco tardé en descubrir esto último en el momento que la sub Saga Símil fue tomando forma. Descubrí que los lectores gozaban especialmente de una experiencia que en anteriores volúmenes suponía un sufrido desgaste a la hora de avanzar.

Así pues, forjé la primera de las tres entregas Símil. Una propuesta de un total de once mundos tan dispares como míticos, en los que homenajear mientras construía. En los que quitarme el sombrero por un lado y la tapa de mis sesos por otro.

La disección de la mente bipolar vista desde un punto de vista preferentemente objetivo, encontró curiosamente a su mejor aliado en el objetivo imaginario de una cámara que no se iba a detener en esa novela.

Llegó El Símil 2, ya con Vlad Strange en mi vida.

Con su amor actuando de látigo creativo, con mi mente en una suerte de permanente hipomanía, llegó el turno de un proyecto realmente ambicioso. No solo por verse ilustrado a color con la maestría de Vlad, sino por la ambivalente trama que quería enfocar, de forma intermitente y en idénticas proporciones, el mundo de las pesadillas y las tramas más épicas.

 

El cariño hacia esa obra fue tal, que incluso se la situó en nivel de disfrute por encima del primer Símil. La sub saga, pues, a todas luces parecía una apuesta de lo más segura. Tanto como para cerrar la Saga Identidad a lo grande, recolectando las mieles de lo aprendido en un último volumen repleto, a rebosar, de ellas.

 

Retomando eso del privilegio en la perspectiva que otorga el paso del tiempo, hoy puedo afirmar que haber recorrido los 25 mundos que finalmente Símil 1, 2 y 3 ofrecen al lector, ha resultado tanto o más emocionante que asistir con once años al estreno de Jurassic Park.

Casi como dar alas a un niño interior que andaba sepultado por avalanchas psicóticas. Que andaba ciego por la adicción.

La escritura e ideación de la sub saga trajo otros enfoques a mi vida. Los instauró en la saga Identidad. 











Ahora, con la Saga ya cerrada, puedo decir que otra cosa más se ha ido. Con mi abuela y su gato, con la encantadora imagen de aquel cine escondido en un callejón. 

Hasta Parque Jurásico parece también querer aprovechar el momento para despedirse con una sexta entrega, también de una sub saga como es World.

Me alegro de poder estar escribiendo este puñado de líneas.

En unos minutos tú, querido lector, vas a zambullirte en ellas. 

El amanecer que se está gestando en la ventana tras de mí me hace evocar la agradable brisa matutina del verano que se va. Se irá como tantos y tantos recuerdos, inquietudes, retos superados y proyectos fallidos. Se irá como hicieron algunas personas, cada una con su saco de motivos o inclemencias del destino.

Pero mi cámara seguirá ahí, grabando, del mismo modo que siento a mi hoguera interior arder. Del mismo modo que los farolillos, llegada esta altura del año, no cesan en su empeño de iluminar el camino que ha de conducirme a ser feliz.

 

Sí, eso es lo que quería escribir de buen principio.

Feliz. Así me hace contemplar a Vlad durmiendo con Husk y Chihiro desperezándose.

Así me hace el ver los seis libros de la Saga Identidad ya cerrada. 

Aunque, sobre todo, lo que más feliz me hace es recordar aquel estreno de principios de los noventa. Una sensación de inocencia e ilusión sin la salpicadura de la locura. 

Justo lo que necesito para dar carpetazo, también, a toda una era de comportamiento demente.

 

La hoguera, el farolillo y la cámara me han conducido hasta aquí. 

Estaré atento, pues estoy seguro de que la evolución vital se halla lejos de detenerse.











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jueves, 28 de julio de 2022

Reseña de 'Leyendas de Animalia: La lista de LaClasse' (Oscar Lozano Álvarez)

 



RESEÑA

LEYENDAS DE ANIMALIA: LA LISTA DE LACLASSE

por Oscar Lozano Álvarez

Para leer la reseña en Goodreads haz click aquí



INTRODUCCIÓN

 


 

Era un día nublado el que pintaba de grises los cielos de El Ternero.

Concretamente, el tercer día consecutivo con amenaza de una lluvia que no llegaba a fraguarse.

LaClasse Dumont había salido de casa con el firme propósito de aprovechar el tiempo. No el meteorológico, claro estaba, según meditaba sonriente la vaca.

No, ella quería emplear aquella tarde en algo de lo más constructivo: Una visita a la biblioteca. Y allí estaba, imponente, asomando las peculiaridades de su añeja construcción, sobresaliendo de los tejados de edificios menores en tamaño. Un par de calles más y alcanzaría el bello portal que hacía las veces de entrada.

Para cuando lo cruzó, LaClasse trató de disimular su sorpresa con tal de que no fuese tomada por mala educación. Mientras recorría con exagerados movimientos de cabeza los altos techos, las gigantescas columnas de mármol y algunas estanterías repletas de libros, el nerviosismo por no ser delatada la hizo incluso comenzar a cantar una nerviosa cantinela. 

 

—Besoven.

 

La voz grave hizo brincar a LaClasse, que se calló de repente.

Tras ella, el motivo de su desubicada reacción la miraba con creciente curiosidad. La vaca solía reaccionar con naturalidad a todo excepto ante un desconocido. Y, a juzgar por el sujeto que la observaba con ojos muy abiertos desde el mostrador de recepción, iba a tener que hacer de tripas corazón y enfrentarse a su inseguridad.

—¿Cómo dice? 

—Besoven. Es el compositor de la melodía que ha tarareado. Resulta popular asignar esa composición a otros artistas, pero Besoven es en realidad el autor.

Durante unos segundos, vaca y recepcionista se quedaron mirándose fijamente. A cada instante que transcurría, LaClasse se sentía más a gusto.

Fue la voz del sujeto la que nuevamente reanudó la conversación.

—¿Puedo ayudarla en algo, señorita...?

Carraspeando con toda la elegancia que pudo reunir, la vaca respondió con tono agudo.

—Dumont. Señorita Dumont. ¿No tendrá algo relacionado con la filosofía, verdad, joven?

Una risa espontánea nació entonces del recepcionista, que, palmeando las manos, salió raudo de su zona para, dejando que LaClasse Dumont le tomase del brazo, guiarla a las estanterías en cuestión.

 

LaClasse sonreía. 

Era un tipo de lo más profesional. De agradable conversación. Se llamaba Oscar.

 

 

 


 

RESEÑA

 

 

 

Gracias a Editorial Adarve y Víctor Fernández García, he podido reseñar esta interesante obra titulada La lista de LaClasse.

Con la cuarta entrega, sus autores nos descubren un nuevo mundo dentro de Animalia, el Ternero. En él conoceremos a una triste vaca y a un cuervo gótico que entremezclan sus vidas por casualidades del destino.

 

Así, la primera protagonista, LaClasse, nos hace ver el valor de los recuerdos, pero también la importancia de no obsesionarnos con acontecimientos que ya no pueden cambiarse. De este modo nos llama a vivir la vida y disfrutar de las cosas sencillas, o no, que consiguen hacernos felices y sacarnos una sonrisa, en vez de vivir apesadumbrados por lo que no fue.

 

Por ello al encontrarnos con el cuervo Vade Gótico, la antítesis o némesis en el carácter de LaClasse, distinguimos que esas ganas de vivir y disfrutar de la vida no están reñidas con el desarrollo de una profesión o unos estudios superiores. Es más, es recomendable para desestresarse de la rutina diaria. 

 

Bien, con Vade Gótico también descubrimos la importancia de tener buenos sentimientos y empatía con el prójimo, ya que de esta manera se consigue que la vida de todos sea más luminosa. Aunque siempre se tienen que afrontar retos que con la ayuda de los buenos amigos se consiguen superar sin demasiados apuros.

 

Igualmente, trata el complejo tema de las relaciones sociales y las fobias, las cuales sin ayuda son casi imposibles de superar.

 

Por último, critica la habilidad de los políticos y su camarilla de seguidores para aparentar un falso interés por cualquier acontecimiento que sufra la población, con el único fin de salir en la foto y que su popularidad no decaiga, sin llegar a conocer a fondo el tema al que se están acercando.

 

Resumiendo, los niños, y adultos, que lean esta obra sacaran una enseñanza primordial con respecto a cómo se debe afrontar la vida, “vive la vida haciendo lo que te haga feliz”.

 

 

Como toda la serie, esta también es excelente y muy recomendable.









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