lunes, 4 de julio de 2022

Tercera Experiencia Bipolar Sin Alcohol (Parte IV)

 



Parte IV



Las nubes se arremolinan en el horizonte de azules.

Desde mi terraza, sonrío al dibujo del Mortadelo con pelo que restauré hace casi veinte años.

Café humeante en mano, siento como los vientos que anuncian el fin del verano mecen mi cabello y acarician mi rostro.

Llevo una chaqueta ligera, tejanos y bambas blancas como calzado. Pronto saldré a dar una vuelta. A deambular por las rocas que conozco tan de memoria, que incluso ciego podría guiarme. A perderme entre acantilados y calas tan familiares, que no me extrañaría escuchar las voces imposibles de los que ya no están.

Aunque la realidad me catapulta lejos de ese escenario. Del mar que ya no sabe de mí.

Al parecer, una relación con sus aguas por casi cuatro décadas no es suficiente para que nos dejen disfrutar juntos.

No. Ahora golpeo el teclado en un barrio de clase baja. El calor, asfixiante, no logra sin embargo estrangular mis dedos.

La literatura fluye, como el oleaje. Invisible como una marea submarina.

Que vengan a quitarme esto, si pueden.

Nace de la mente y se alimenta de mi corazón, así que solo tienen como oportunidad el segarme la vida.

 




 

Escribo estas líneas a unas horas de cumplir el día 40 libre de alcohol.

Siento como una escala de grises ha conquistado mi realidad.

Esta breve introducción bien debería servir como ejemplo perfecto.

Echo de menos muchas cosas.

Poder escuchar música como si de una droga más se tratase es una de ellas. Ceder un poco de control mental para que la improvisación nazca, otra más. Sentir algo de llama en las cenizas apagadas por la depresión, una más. Y así podría estar escribiendo horas y horas. 

No obstante, querido lector, sé que sabes bien a qué me refiero con la llegada de los grises. Ojalá y tuviese que ver con una tormenta veraniega. De esas que se preparan durante toda la mañana para descargar con fuerza por la tarde. De esas que encogen corazones al mirar su imponente estructura, y recluyen bajo techo con su naturaleza torrencial. Ahí hay un gran potencial, un enorme romanticismo y altas dosis de inspiración.

No como en los aburridos grises que, a veces, por desgracia, hay que cruzar.

 

Por un lado, me alegro de que esto esté pasando.

Sería una auténtica necedad meterse de pleno en la empresa de desintoxicarse y pensar que lo que aguarda es un camino de rosas.

No lo va a ser. 

La brutal carga de ansiedad va a aliarse con noches de intensa, si no horripilante, carga onírica. La sensación del transcurrir temporal va a mutar, alienándose desde nuestro punto de vista, entregando su mano a tediosas jornadas de soledad tramposa. Para nuestra desesperación, seremos un Ferrari mental en un mundo de perezosas tortugas. Lo cual suele terminar en accidente, con la carrocería destrozada y los huesos rotos, viendo como hasta el más ruin de los cobardes nos adelanta fácilmente.








 



Esta visión de carreras me da una pista de por qué me está costando tanto este tramo.

Muchos deben ser mis enfoques errados.

Antes, quizá viese en estas fases de la vida un examen a mi ego, mi orgullo y mis huevos. Pero los fracasos sistemáticos de ese mismo pasado me lanzan a un escenario diferente. Como si fuese el enésimo elegido de Matrix ante la crucial conversación con su arquitecto. Un nuevo enfoque, aunque igual de equivocado, a fin de cuentas.

Si el río está al revés, si escalamos algo que sentimos anti natura y peleamos intensamente contra los elementos... Es muy probable que estemos cometiendo errores importantes desde nuestro propio patrón de comportamiento. Errores de fatal naturaleza, que terminarán por derrumbarnos con todo el equipo tarde o temprano.

 

En mi caso, el que la llegada de las fases altas de mi trastorno bipolar se encuentre a la vuelta de la esquina, está agudizando mis sentidos. Me está equiparando a un hambriento depredador que avista su preciada presa.

Pero el que sea buen conocedor del mapa de acontecimientos, ni mucho menos me convierte en sabio peregrino de él.

Una vez más, tal es el hastío de verme varado en esta espesa niebla, que correría con todas mis fuerzas solo con atisbar el reflejo de un farolillo en la distancia.

Es algo que complica enormemente la empresa.

40 días sin beber y el escenario presenta su primera batalla clave.

Si recurro a la mediación psiquiátrica, los grises irán perdiendo alma hasta conducirme al lago. Un lugar desolado en el que lo único vivo que habita sus aguas es una anaconda de proporciones insultantes. Una bestia contra la que pelear día a día, obsesionados con lo que nos falta, lo que perdimos y lo que quedó atrás.

 

No me interesa. 

Sigo manteniendo que lo mejor es esquivar escenarios tortuosos en la medida de lo posible.

Debo mantener el rumbo y apretar los dientes.

¿No es lo que se exige a una persona mentalmente sana?

¿No es acercarme lo máximo a esa condición mi objetivo principal?

Nadie deja un vicio por amor al arte.

Con este proyecto, la guerra abierta no es más que un intento de conquista de una vida mejor. Una campaña de invasión a la felicidad que tan esquiva resulta a aquellos que caímos en los pozos de la salud mental.

Belicismo.

Rebeldía.

No me cansaré de repetirlo. No dejaré de insistir. No cesaré de revolverme.

Las personas con problemas de salud mental merecemos nuestro lugar en este mundo. Y no tiene que ser un micro cosmos apartado, como si nuestro colectivo fuese de naturaleza pandémica.

 

Por más que escribo, al parecer el curso de mis pensamientos conduce, una y otra a vez, al reclamo y la exigencia.

¿Qué hay de mí?

¿Qué hay de lo que ofrezco?

Esa debería ser la llave que me saque de esta situación tan gris.

A veces hay que olvidarse de lo a uno no le compete. Todos los factores que no dependen de uno mismo hay que dejarlos flotar, volar, evaporarse y ser. Que nos lluevan sus consecuencias en la forma que tenga que ser.

Nuestros pasos han de ser aquellos que la combinación de cuanto somos nos empuja a dar.

En mi caso, vislumbro playas y rocas en el futuro. El regreso junto al mar con el que tanto conversé. Y eso, quitándole la carga metafórica, significa que estoy cerca de mí mismo. De mi núcleo laberíntico y enfermizo. De mi hoguera.








 

Equilibrio.

Es el momento de salir un poco de mi cabeza. De ventilar mis pensamientos.

Debo caminar hacia los farolillos, pero sin volverme loco en una carrera accidentada.

La vida, cuanto más mayor me hago, más se asemeja a un goteo más que a una cascada desbocada.

Que no se convierta en una tortura china está únicamente en nuestras manos.






Continuará...


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sábado, 2 de julio de 2022

Reseña de 'La cabaña: El oscuro laberinto de la psicosis' (Nadiezhda González Durruthy)

 



RESEÑA

La cabaña: El oscuro laberinto de la psicosis

por Nadiezhda González Durruthy



INTRODUCCIÓN


La hoguera es un elemento muy importante en ‘La cabaña: El oscuro laberinto de la psicosis’. 

Tanto es así, que no se limita a simbolizar las fases más marcadas de la bipolaridad. También cuantifica, o intenta representar, todo aquello que, como personas, nos arrima a la pasión. En cualquiera de sus formas y apunte donde apunte, lo pasional dota a cualquier empresa de un importantísimo valor humano. Hasta el punto de poner en jaque a la misma vida si se ve debilitada, segada o extinta.

 

Nadia me recuerda a las llamaradas de esa hoguera.

Su compañía me hace evocar alianzas en guerra.

Su análisis le recuerda a mi mente que la lejanía de la soledad es un hecho.

Su empatía me llena el corazón de un calor tan agradable que solo puede haber nacido de algo de naturaleza tan estable como flamígera.

 

Contemplar su lectura de la novela, cercana y cariñosa, ha sido uno de los factores que ha hecho tan bonita la experiencia de revisitar el laberinto.

Todo es más sencillo con el crepitar de la amistad en el ambiente.



RESEÑA


La cabaña es una lectura difícil, pero con el poder de mantener los ojos del lector clavados en el texto hasta llegar al fondo.

Un duro escrito autobiográfico, donde el autor utiliza imágenes como lenguaje para describir los oscuros episodios de su enfermedad.

Logra la atmósfera tensa y agobiante “de los días malos”, ilustrando con parábolas los avatares de su existencia desde la niñez, pasando por adolescencia y juventud, con una visión de su madurez.

La sinceridad de tan doloroso autorretrato, nos va llevando a su mundo, y a su incesante necesidad de comprender lo que sucede en su interior.

Se abre el pecho ante nosotros, y pone en blanco y negro sus demonios. Difícil ejercicio de autoconocimiento, que sirve para dar voz a aquellas personas que padecen enfermedades mentales y visibilizar también al entorno que los salva o los hunde.

Las ilustraciones intercaladas, nos ponen sobre la pista de la comprensión del conjunto, y nos sirven de hilo conductor en el accidentado camino hacia el desenlace.

Los sentimientos y las cualidades, se sientan a la mesa con los (él) protagonistas y debaten diversas situaciones de altibajos, ya sea en momentos de distanciamiento de la realidad objetiva, como en episodios de aniquilamiento a través del alcohol.

Te impregna hasta tal punto en este intenso ejercicio de catarsis, que al final renaces como parte de una realidad paralela, con un poco de la euforia del adolescente con trastorno bipolar, y la misma sensación de poderosa claridad.

Todo un reto, subir la cuesta y visitar La cabaña.

Gracias por dejarnos entrar y sentir el calor reconfortante de sus paredes.



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Reseña de 'La cabaña: El oscuro laberinto de la psicosis' (J. Carlos Fernández)

 



RESEÑA

La cabaña: El oscuro laberinto de la psicosis

por J. Carlos Fernández



INTRODUCCIÓN


Recuerdo con mucho cariño el trabajo en la sala de máquinas de mi primer blog de relatos.

En Relatos del País de Nunca Jamás ocurría de todo. Terror, fantasía, humor, no ficción, romance y varios palos más eran tocados en un concierto muy variado, aunque con sus constantes. Y una de ellas era J. Carlos.

Sus comentarios a mis creaciones resultaban profundos, analíticos y de lo más orientadores.

Quizá por eso nunca me extrañó que el timón de mi navío literario estuviese, desde buen inicio, bajo la atenta mirada de este lector.

‘La cabaña: El oscuro laberinto de la psicosis’ puede que sea algo que, muy probablemente, a ambos nos ponga los pelos de punta. Pues bebe de una época más que difícil, fría y oscura. Pero también nos une.

Puede que la novela fuese escrita en un ejercicio constante de sangre, sudor y lágrimas. Puede que ocasionase múltiples heridas de gran profundidad. Pero el libro resultante se ha acabado erigiendo en una historia muy importante, ahora que el paso del tiempo ha ayudado a cicatrizar.

Importante para la lucha en salud mental y la ruptura del estigma que la abraza.

Importante para la Saga Identidad, que gracias al laberinto dio con hasta cinco volúmenes más.

Importante para mí, pues de algún modo, el plasmar la trama me ha llevado de las sombras al sol.

Aunque lo más especial es sentir que también es una historia importante para mi padre.

Todas y cada una de las palabras de la reciente reseña de J. Carlos me recuerdan el camino que hemos recorrido juntos. Distante y cercano, como la música de un acordeón en el concierto del blog de relatos del País de Nunca Jamás.



RESEÑA


Lo que tenemos entre manos es un libro auténticamente precursor en su época. Concebido inicialmente como una serie de relatos, o al menos eso parecía en su formato original, finalmente ha visto la luz en una edición muy bien maquetada y con unas ilustraciones espléndidas. 

    Aprovechando una reciente lectura conjunta en la que ha quedado de manifiesto la importancia de esta obra aprovecho para dar nuevas impresiones.

    Niño, Adolescente, Hombre y Anciano son los protagonistas de esta historia, si bien el peso de la trama la llevan los dos últimos, con fulgurantes apariciones de Adolescente. Juntos nos van a hacer recorrer unos parajes insólitos y, a veces, aterradores. Rodeados de un elenco de personajes de una riqueza y personalidad encomiables, que se entrecruzan en las diferentes situaciones e historias, nos van a adentrar en el increíble y duro universo del Trastorno Bipolar en todas sus fases llegando incluso al laberinto de la Psicosis.

    Puede parecer un libro de lectura difícil pero no es el caso, las diferentes etapas y fases por las que pasan los protagonistas dan lugar a relatos personales magistralmente indexados donde, a veces de manera amena y en otras de forma aterradora e inquietante, se va mostrando al lector qué pasa por la mente en esos episodios.

    Con pinceladas de humor aquí y allá,  se va perfilando un hilo conductor que no te deja indiferente, donde los personajes que los rodean dan lugar a tramas paralelas que hacen que respires con alivio dada la profundidad que muchas veces tiene la trama. En esta obra el Autor ya da muestras de su peculiar forma de escribir y que posteriormente ha plasmado en otros libros espléndidos llenos de imaginación y fantasía.

   A diferencia de la primera vez, en esta ocasión sí he visto una luz abierta a la esperanza con un epílogo lleno de luz de la ilustradora Vlad Strange, lo cual hace la lectura de este libro muy recomendable como ejemplo de la lucha por superar las terribles consecuencias de las adicciones y, sobre todo, el titánico esfuerzo en intentar < y conseguir > dar coherencia a una obra escrita en unas circunstancias muy duras.

    Así pues no tengan miedo y adéntrense en el Laberinto de la Psicosis. No quedarán defraudados.




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domingo, 26 de junio de 2022

El retorno | Cuarto especial para la LC de 'La Cabaña' 2022

 



INTRODUCCIÓN


Salgo del laberinto.

Una vez más.

 

Me concentro. Pronto se dejarán ver mis leales. La tropa conformada por Rectitud, Resolución, Experiencia, Esperanza e Ilusión que jamás me abandonaría. Seguramente, en la parte más oscura de la más negra sombra, Conciencia esté calibrando algún tipo de juicio.

Pero es Selene quien me sorprende desde el flanco derecho.

—¡Vaya si ha estado intenso! — Se seca el sudor de la frente, con los ojos muy abiertos, mientras deja ir su exclamación.

Una segunda voz, llena de desparpajo, dice la suya a mi izquierda.

—¡Aún me pregunto cómo demonios hemos logrado salir de esta!

Arkana me mira, como sorprendiéndose de mi propia sorpresa. Prosigue, escogiendo provocarme como continuación a su intervención: —¿Qué pasa, no esperabas que lográsemos salir contigo?

Apurado, me limito a hacer unos aspavientos con los brazos.

Me siento diferente. Completo sería la palabra. Extrañamente completo, rozando algún tipo de felicidad.

—Maldita montaña rusa. ¡Por poco nos despellejas ahí dentro, Hombre! — No sé si Nadia seca lágrimas de tristeza o alivio. El caso es que lo hace. Me acerco sin pensar y la abrazo con todas mis fuerzas.

Por encima de su hombro, la veo.

Vlad Strange, mágica y radiante, contempla distraída el cielo azul. 

Quiero llegar hasta ella, pero su mirada ensoñadora empuja la mía.

Ahí está, ese azul cobalto de primeros de octubre. El mismo que tan bien combina con la luz de los farolillos.

Ella me sonríe, y con un simple guiño de ojo redirige mi vista hacia Àngels. No dice nada, tan solo asiente, satisfecha y orgullosa.

 

Hay más personas saliendo de las profundidades de la tierra. 

Esa cueva maldita que tanto me asusta.

Merce, Laura, Balta, Ana, Vi, Edgar, Rose... Todos ellos sanos y salvos.

 

—Tu luz los ha guiado. Nos ha guiado a todos... — Las palabras de Rochi me llegan cálidas y cercanas.

 

Alejado de la escena, J. Carlos asiente, casi oculto por la creciente oscuridad de un saliente bajo el cual se encuentra. No está solo.

—Qué cabrón. Al final ha logrado guiarse.

A su lado, Conciencia asiente con solemnidad. 

A ambos se les escapa una creciente sonrisa... Hasta que la carcajada de Experiencia no se hace esperar más.




EL RETORNO


El viejo no apareció por ningún lado. Y no fue debido a que Verónica no esperase.

La joven se sentó junto al fuego hasta que solo quedaron brasas de él. Por mientras, el madrugador sol de la mañana parecía querer colarse por las rendijas de los ventanales cerrados de la cabaña.

«Habrá tenido que ausentarse de improviso...», pensó, mientras agarrando chaqueta y bolso se dispuso a abandonar el lugar que le había servido de cobijo por toda la tormentosa noche.

 

Al pisar el exterior, la pureza del aire que inundó sus pulmones la hizo alzar la cabeza, sonriente. Impolutas e inmensas zonas de nieve virgen decoraban la vista aquí y allá, en los innumerables picos montañosos que la zona presentaba. 

Pero la torpeza de Verónica estaba a la altura de su optimismo. De modo que, trastabillando con la alfombra de la entrada del cobertizo, su mentón terminó por aterrizar en el blanco manto que custodiaba la entrada a la cabaña.

Lo primero que pensó es en lanzar una maldición al aire.

Sin embargo, con la boca llena de nieve, prefirió lanzar una corta carcajada. Al menos la nieve estaba mullida tras tanto caer.

 

¿Te has hecho daño?

 

La voz varonil agarró por sorpresa a Verónica, que, alzando la vista, se encontró con una mano enguantada abierta frente a ella. Sin dudar, trató de agarrarse aceptando la ayuda. 

Pero volvió a comerse un puñado de nieve.

—¡Oh, vamos, maldita sea! Vaya tela. Éramos pocos y alucinó la abuela.

Reía la chica su propia gracia cuando, tras levantarse y sacudirse, cayó en la cuenta de que su mano no se encontraba vacía. Una nota había quedado atrapada en su intento de agarre. Era una pequeña tarjeta de visita.

 


 

 

UNA EXPERIENCIA SIN MAMÁ

 


Me siento perdida. Aunque, al mismo tiempo, mi brújula nunca ha estado más afinada.

Sé que prometí a todos que me mantendría y sería fuerte. 

Pero... ¿Me lo prometí a mí misma?

 

Mamá ya se ha ido. Se que de algún modo no anda lejos, pero que mi teléfono se mantenga en silencio solo representa la punta del iceberg de mi aflicción.

Triste, sí. Algo así debe ser.

Aunque mi nuevo empleo me requiere al doscientos por cien. Mis estudios no van a seguir perdonándome por mucho tiempo. Y mi novio... Bueno, si es que puedo llamarle así, resumiendo.

 

Unas cosas se van para que otras lleguen.

Hay que ver cuánto me ha ayudado esa psicóloga privada en tan poco tiempo.

Normalmente ya estaría perdida en alguno de los torbellinos de los riachuelos de mi mente. Dando vueltas y vueltas, como una tonta...


 

                                                         --------------------------------



 

 

Poco le costó a Verónica dar con la dirección que ponía en la tarjeta que su alucinación le había proporcionado. Pertenecía a un conocido barrio de su ciudad. El que esta hubiese aparecido, como por arte de magia, tras caminar y caminar por el laberinto helado de regreso, no preocupaba demasiado a la joven.

Lo que sí le preocupaba, ahora que había encontrado un momento de paz y su café con leche dejaba de humear en su afán por ser bebible, era la incómoda presencia de Gregorio.

Pretendiente suyo desde hacía demasiado, en esa fría mañana que rozaba el mediodía, el chaval parecía colocado de algo. Aquello no tenía por qué ser noticia, pero algo en su penetrante mirada hacía sentir a Verónica violada en su intimidad.

Intimidad que, por otra parte, tenía abierta de par en par en la mesa donde había estado escribiendo desde que entró en aquel bar.

Cerró la libreta de golpe, tratando de retar con la mirada a Gregorio.

—¿Puedo sentarme o qué? — Dejó ir el chico, despreocupado. Tenía buen físico. Muy bueno la verdad. Pero su cabeza estaba, si no hueca, llena de algún tipo de mierda.

Cuando Verónica iba a transformar un primer ademán en una clara negativa, aquel tipo ya había tomado asiento y gritaba por cerveza al camarero.

—¿Qué pasa contigo? ¿Un café? ¡Pero si son las doce!

Estaba Gregorio por pedir ronda doble cuando Verónica gritó con todas sus fuerzas.

—¡¡No!!

Sorprendido, el recién llegado miró a su alrededor en primer lugar, claramente avergonzado.

Luego, casi engulló su ira contenida al tragar saliva.

Finalmente, fingiendo recomponerse, inició un discurso claramente cargado de veneno, a juzgar por la pérfida expresión que adoptó su entrecerrada mirada.

—Ya no eres la misma, Vero. En mal momento la palmó la loca de... 

 

El brutal bofetón hizo desaparecer muchas cosas.

Primero, a un Gregorio que, sangrando, se apresuró a salir de allí.

Segundo, a una clientela en la que Verónica, en verdad, ni siquiera había reparado.

Tercero, y por último, la distancia que la separaba de la barra, en la cual se halló sentada frente a un camarero obeso que silbaba distraído una conocida melodía.

En seguida el responsable del lugar reparó en su interés.

—¿La conoce usted? La canción, digo. — Una carcajada fue creciendo desde el interior del simpático sujeto.

—Un buen amigo se encarga de tenerme al día del panorama de rock independiente. — Verónica dijo aquello con orgullo. También sonriente, pues ese cabronazo de Víctor bien merecía una novela de lo raro que era. O varias.

—Un gran amigo, pues. ¿Se encuentra mejor, señorita? Parece que haya recorrido un largo camino.

—Estoy bastante agotada, la verdad. — Tal como Verónica respondió, un longevo bostezo fue naciendo de su interior hasta obligarla a taparse la boca mientras lo sacaba.

 

Mientras el camarero, que resultó llamarse Experiencia, llenaba de nuevo su taza de aquel delicioso café, Verónica se preguntó por qué no había encontrado antes ese lugar.

La taberna, como la llamaba continuamente el camarero regordete, parecía el sitio adecuado para sanar y ponerse en orden. Para distender y conocer. 

Era todo lo que necesitaba justo en ese momento.


FIN


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sábado, 25 de junio de 2022

Tercera Experiencia Bipolar Sin Alcohol (Parte III)


 

Parte III




Primer mes conseguido.

Más de treinta batallas por el control del primer eslabón. Un peldaño inicial por el cual poder ascender hasta construir una nueva realidad.

 

A vista de persona plenamente funcional, es posible que ese hito sea más bien discreto. Que, el que yo venga a hablar del puñado de días duros, del coqueteo con el tirar la toalla, se antoje algo cercano a generar vergüenza ajena.

Sin embargo, muchas de las luchas individuales en esta vida se pelean lejos, muy lejos, de los prismas “oficiales”. Así pues, tengamos a bien contemplar otros puntos de vista.

A ojos de una persona que me conozca o esté al tanto de mi historia, el haber caminado con paso firme este sendero mensual arroja nada menos que la posibilidad de vencer ahí donde mis yos pasados fueron abatidos.

Bajo la vista de alguien con problemas de salud mental, el que la victoria consista en abandonar un bastón largo tiempo primordial es, cuanto menos, valiente.

Finalmente, un adicto a cualquier tóxico afirmaría, con los ojos cerrados, que no pierda ni un segundo en mirar atrás. Que ahí delante aguarda la verdadera felicidad.

 

¿Qué nos queda como cóctel?

 

Uno de lo más saludable.

Por un lado, nos estamos bebiendo el ignorar las facetas más superficiales e hipócritas de la sociedad. Saborearemos enseguida las mieles de sabernos apoyados por quienes nos quieren bien. Finalmente, en nuestro paladar quedará el dulce regusto de la fe en nuestra valiente osadía.

Habría que estar loco de remate para preferir las, mínimo, noventa cervezas mensuales, a este refrescante verano que llega cuando el calor más aprieta.

Puedes leerlo, querido lector, de la forma que prefieras. Hago referencia tanto a la sensación como a sus consecuencias. Pues, si bien la entereza, el temple, la constancia y la coherencia de la sobriedad quedan fuera de toda duda, también lo hacen las circunstancias que habrán de rodearnos a lo largo y ancho de nuestra conquista. Porque de eso se trata. De liberar de las garras del tirano que llevamos dentro a aquellos reinos que aún queden en pie.

 








No recomiendo hacer otra lectura de esta empresa.

La adicción es una herencia individual que nos señala despiadadamente. Por eso es tan esencial motivarnos al sabernos solos y resulta primordial no subirse por las ramas de los frondosos bosques de las excusas. Y me da igual que tu pariente lleve dentro al mismo diablo. Que tus amigos consuman tanto que tu caso sea el de un angelito o que los golpes de la vida se hayan concatenado certeros y severos.

Si detectas el problema, la notaría te ha señalado heredero legítimo del montón de mierda.

 

No nos equivoquemos, en el camino sí que hay cosas buenas. La vida en la que se sitúa es así. Momentos valiosos, instantes de oro puro... Claro que sí, ahí van a estar. Con la trampa traicionera de resultarnos sosos y descafeinados.

Un primer mes de abstinencia es tan crucial en cuanto supone la posibilidad de. Nada más.

Cuando se cruzan las puertas de este agridulce aniversario, uno ya ha dejado claro a propios, extraños y a sí mismo que la cosa va en serio. Que no estamos ante una decisión abrupta y de textura tan firme como la de la mantequilla deshecha.

Nuestro cuerpo habrá eliminado gran parte de lo que muy probablemente lo mantenía en jaque, pero ¿qué hay de la mente?

Entramos a partir de ahora en el País de las Maravillas.

Un lugar que, si bien de niños solíamos imaginar brillante en contenido y posibilidades, ya de adultos parece brindar sombras agazapadas en cada esquina. Sombras que, para el adicto, son contendoras de monstruos de muy diversa índole, pero voraz carácter.

El plano psicológico no solo es resistente al paso del tiempo y a las inclemencias de climas que amenacen novedad. No. La psique es capaz de operar con copias de seguridad que no dudará en restaurar al menor paso en falso. Esto significa que, como he señalado en anteriores ensayos, un paso en falso va a resetear por completo el titánico esfuerzo que hayamos llevado a cabo.

 

¿Merece la pena, pues, arriesgarse a perder tanto tiempo?

 

Esta pregunta es el perfecto ejemplo del juego de boomerang.

Uno puede lanzarla con todas sus fuerzas que, a mayor propulsión, más contundente será el regreso de la cuestión: ¿Han valido la pena tantos años de consumo?









En el juego de los puntos de vista perdemos la ventaja de estar solos. Pues estamos quebrados en nosotros mismos. Resulta obvio para cualquiera desde un plano temporal. Aunque, para un adicto, la cosa se pone más fea. Podría recordar, en cierto modo, a la sala de los espejos de las ferias ambulantes.

La mente es un territorio que hay que domar para descubrir su lado más amable.

Hay que ser cauto en su excavación, del mismo modo que uno debe mostrar idéntica cautela a la hora de dar rienda suelta.

De lo contrario nos exponemos a multiplicar en fuerza y número a nuestros propios demonios.

Sobra decir, llegados a este punto, que el consumo de un tóxico como el alcohol, ni ayuda en controlar la perforación del plano base, ni colabora en refrenar la conquista de los falsos cielos.

Es, podríamos decir, el elixir del mal para la faceta más simpática de nuestro cerebro.

 

Sé que me entiendes perfectamente, querido lector.

Que tu sonrisa al contemplar las ramificaciones de cuanto escribo y conjeturo, se erige sobre arrugas hechas de cicatrices. No hay caso de alcoholismo que no abrace la tragedia. Eso, en un mundo como el que nos ocupa y siendo la droga algo legal, abre el abanico hasta hacerlo saltar por los aires.

Como los sueños de tantos niños, víctimas inocentes de familiares directos.

Como el futuro de tantas parejas, trenes hacia vías con dinamita.

Como la tumba de tanto desdichado, solitario nido de cuervos.

 

Es cierto que he querido tirar la toalla.

Dos veces, para ser exactos.

Si tenemos en cuenta que en otras ocasiones mis intentos de abandonar se contaban a diario, podría decirse que hay una evolución en mi manera de pelear esta guerra.

Ni es tan agónica, ni tan desesperada, ni mucho menos tan desigualada como antaño.

Sé ubicar perfectamente mi depresión raíz. Sé que la estoy desnudando, poco a poco. Sé que lentamente tratará de apretar el nudo de la corbata de la desesperanza. Hasta que un lago se intuya entre la niebla que enturbiará mi vista. Hasta que un terrible grito se deje escuchar en la inmensidad de la lejanía...

Pero mientras eso no ocurra, seguiré caminando lleno de tinta y libre de alcohol.






Continuará...


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domingo, 19 de junio de 2022

Reseña de 'La cabaña: El oscuro laberinto de la psicosis' (Rocio Laverde)


 

RESEÑA

LA CABAÑA

El oscuro laberinto de la psicosis


por Rocio Laverde



INTRODUCCIÓN

 

 

Pensar en Rochi me sabe a lealtad en ambas direcciones.

Pensar en Rocio me hace sentir sabor a aventura literaria, a mil mundos por conocer vía su ágil pluma llena de vida. Y a otros tantos miles de emociones por saborear mediante su poesía llena de sentimiento.

Pensar en Rocio Laverde es como efectuar un inventario de cosas bonitas en la tienda de la creatividad. Ahí donde se ofrecen cálidas lecturas, participaciones dinámicas y elaboradas reseñas a cambio de esa moneda tan extraña, pero de gran valor: El cariño.

 

Aquí va una nueva muestra de ello.

Un nuevo capítulo a la bonita historia de dos viajeros unidos por muchas causas y, ante todo, muy parecidas raíces.

 

Gracias, Rochi.

 


 

 

RESEÑA

 


 

Hablar de la bipolaridad para mí es muy respetable, me parece un tema duro y me duele mucho. Pero en este libro Víctor me mostró algo muy bonito, como es ese proceso desde niño, adolecente, hombre y viejo.

 

Cómo es difícil para su entorno entenderlo, pues en este proceso la persona primero no lo entiende, luego no lo acepta rebelándose y después quiere comprender y buscar esa ayuda que le dará paz... 

Después ya llega la tranquilidad y la aceptación de convivir con esta enfermedad y hacerla parte de su vida y por qué no... Llegar a dominarla y dirigirla por buenos caminos.

 

Es una exploración de la mente en una forma maravillosa. Yo había leído otro tipo de escritos de Víctor, pero este me mostró su madurez, su aceptación y su bello corazón que lo lleva a ser una persona maravillosa, que vivió etapas difíciles y se equivocó mucho, pero también aprendió. 

Consiguió tener esa persona que camina con él y lo ayuda a domar ese monstruo, que era muy grande pero ya ha empequeñecido.

 

Mis respetos totales para Víctor y mi admiración pues escribir todo lo que ha vivido en una forma dónde representa cada etapa con sus altibajos y aprendizajes, y los une en un gran final. Es algo maravilloso.

 

Me gustó mucho esta introspección a su interior, pues nos enseña de algo que sigue siendo una incógnita. Pero está presente en muchas vidas.

 

Muchas gracias, amigo... ¡¡¡Eres un crack!!!



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El cuento | Tercer especial para la LC de 'La Cabaña' 2022

 



ESPECIAL LC 2022

LA CABAÑA

El oscuro laberinto de la psicosis



Introducción


Superado el tercer tramo de la lectura conjunta de ‘La cabaña’ organizada por Arkana.

 

Con el debate de la mañana en la memoria y una especie de hoguera en mi interior, no puedo sino sonreír al recordar los diferentes momentos que los participantes están brindando. Minuciosos, cariñosos, solemnes... ¡Hasta divertidos! En todo lo que llevamos de actividad, así como en esta semana en particular, está habiendo espacio para multitud de enfoques sobre una trama, ya de por sí, cambiante y laberíntica.

 

Está claro que al ejército de sombras que acompaña en este libro a la muy presente psicosis le van saliendo ya algunas luces. No es que sean faros en el océano embravecido al que la lectura arroja, pero sí parecen querer adoptar la tenue luz de un farolillo perdido en algún lugar.

Para llegar a tocarla, hace falta remar un poco más. 

Nadar con lo que nos quede, si es necesario.

 

Me hace muy feliz ver la ilusión y el hype con el que los lectores de la LC se preparan para encarar el cuarto y último tramo que, la semana que viene, les deparará el final de esta historia.

Sin embargo, aún estamos a mitad de debate.

Se han portado tan bien que, para el premio de esta semana, Anciano Noel lo ha dado todo para satisfacer sus mentes en ebullición.

 

El tercer premio va para ellos con todo mi cariño.

‘El cuento’ sigue con la historia breve que tejieron en semanas anteriores ‘La visita’ y ‘El banquete’.




El cuento


La cena estuvo, en efecto, de rechupete.

Verónica no tuvo demasiados problemas a la hora de acabarse su porción de estofado. 

Ahora que los invitados habían partido, la sobremesa parecía que iba a gestarse, nuevamente, frente al calor de la hoguera. Allí estaban, en sus respectivos sillones, el viejo y la joven, contemplando el flujo de las llamaradas y escuchando su generoso crepitar.

 

—¿Dónde estaba Luto?

 

La chica no supo bien en qué punto se originó la pregunta que lanzó al aire. Pero, por la leve carcajada que manó de su anfitrión, tuvo claro que él sí.

—Créeme que no eres la primera ni la última que va a formular esa cuestión. — Mientras aseveraba aquello, el viejo terminó de preparar una pipa que, pronto, lanzaba esporádicas humaredas que iban a unirse a las de la gran chimenea.

Cuando el rostro del hombre mayor se ensombreció, y su ceño pareció fruncirse en una clara muestra de concentración, este ya se encontraba en plena argumentación.

—No creo que haya que preguntarse por la naturaleza de Luto. Alguien tan esquivo, solitario y sombrío, suele estar aquí y allá, perdido en los bosques más que integrando cualquier tipo de civilización. Pregúntate, querida, por sus cercanos.

—No sé si alguien así tendrá muchos amigos... — Respondió Verónica casi por acto reflejo.

La carcajada del viejo sonó entonces mucho más sonora y longeva que la anterior.

—¿Crees que los cercanos a alguien son sus amigos? Tiene sentido. Para muchos es así. La versión oficial es así.

El viejo dejó entonces que transcurriese un lapso de silencio.

Solo cuando la información pareció fruncir también el ceño de su invitada, prosiguió.

—Los amigos de Luto que suelen precederle son Desamparo y Desolación. Siempre le acompañan Pánico y Ansiedad. Todos ellos, con sus negros ropajes y sus caballos... Menuda pandilla. Por aquí se hace llamar Los jinetes.

 

Como el martillo gigantesco de un juez invisible, un trueno golpeó entonces con tanta fuerza las inmediaciones de la cabaña, que Verónica no pudo más que estremecerse.

—¡Vaya! Parece que alguien va a tener que pasar la noche aquí. 

Algo hubo en las palabras del viejo que acorralaron el ánimo de la joven. Se sintió, más que invadida, conquistada. Como si jugase una partida de ajedrez con alguien ya sabedor de su victoria. De modo que reaccionó como siempre que se sentía acorralada: Retando con chulería.

—¿Crees que me da miedo la lluvia?

—Creo que te dan miedo demasiadas cosas.

 

Verónica se levantó como un huracán.

No solo por lo que había escuchado, sino también por el modo en qué lo había hecho. Una cosa es que alguien te espete una grosería en la cara. Otra, muy diferente, es que esa voz se cuele en tu cabeza y resuene como un eco hasta penetrar en cada rincón de tu mente.

Cuando la joven alzó el dedo en dirección al sillón del viejo, quedó perpleja al encontrarlo vacío.

Se giró, a lado y lado, solo para confirmar su soledad.

Tan solo un elemento había cambiado en ese misterioso lapso.

Una vela.

Estaba recién encendida en la mesita. Su luz, tenue, iluminaba un papel escrito con mimo. Acercándose, Verónica descubrió que incluso la tinta estaba fresca.

Cuando se vino a dar cuenta ya había tomado asiento y leía con atención.


La madre de todas las tormentas

 

 

Llueve.

Otra vez esa fina lluvia que no ha parado de caer desde que ella se fue.

No es que seas una persona que sienta especial predilección por una climatología en particular, pero sí te gusta que el día pase tranquilo. 

Nada de viento, nada de sol aplastante... Nada de tormentas.

Sonríes a tu puta suerte, en cuanto, últimamente, los vientos se han tornado huracanes para ti.

Lanzas una carcajada privada a tu maldita fortuna, pues sientes como, en ocasiones, la vida abrasa con eso que llaman, equívocamente, su sol de justicia.

Aunque, bajo el manto cada vez más oscuro de nubes bajas, prefieres guardar un silencio fúnebre.

 

Dicen que Dios está en la lluvia.

¿También lo estarán aquellos que se fueron?

Te lo preguntas, una y otra vez, mientras tratas de desplegar el paraguas bajo la protección de un portal. Y no es un portal cualquiera. Pertenece a la entrada del cementerio. Ese que visitas cada domingo, religiosamente, como si de un clavo ardiendo se tratase.

Una fuerte ráfaga de viento golpea la tela del paraguas hasta casi arrancártelo de las manos.

El recepcionista de las instalaciones te ofrece su ayuda, que declinas con premeditada educación. Pues así eres ahora: Roca sobre trémulo. Nadie, salvo Dios, puede percatarse del desamparo que sientes. De la desnudez y la vulnerabilidad.

 

Para cuando el nudo aparece en tu garganta, te descubres golpeando con fuerza creciente el jodido paraguas. Está atascado. Aunque finalmente, de un golpe seco, este se abre. Resoplas y emprendes el camino de regreso a casa.

Dicen que Dios está en la lluvia, ¡Ja!

Si Dios estuviese ahí, no creo que dejase los coches hechos una mugre harapienta tras su discreto paso.

No creo que dejase hijos destrozados y al borde del colapso por preguntas sin resolver.

 

El primer trueno del que te percatas no es precisamente el eco de un fenómeno lejano.

Suena sobre ti.

La carga eléctrica es tal que un relámpago parece detonar contra el asfalto que pisas, apenas unos metros más allá. Eso hace que te agaches instintivamente, lo que, en combinación con una nueva racha de fuerte viento, logra que tu paraguas salga propulsado. Alzas la vista y lo ves, surcando los cielos en dirección a ninguna parte, cuando de repente la lluvia arrecia. Te empapa en cuestión de segundos. Y cala, hay que ver de qué forma cala.

 

Has caminado lo suficiente como para encontrarte donde estás, en tierra de nadie.

Ojalá esta afirmación se refiriese al descampado cercano al cementerio. 

Sin embargo, ciertas metáforas atesoran malicia detectivesca y afán de dar caza.

Vas a romperte cuando sientes como el frío da paso a algo más cálido y cercano. Una sensación que se presenta térmica, pero parece vestida con telas del pasado.

Entonces el parabrisas de un coche te devuelve tu propio reflejo.

Ahí estás, abrazándote a ti mismo, con el cabello empapado y un rostro pálido asomando de él. Pero si de algo estás seguro, es de que no te resulta una estampa solitaria. Hay alguien más ahí. Alguien a quien la obstinada realidad mantiene oculto, pero cuya cercanía es detectada por tu interior de forma natural.

 

¿Mamá? 

No lo dices. Solo un hilo de pensamiento toca esa nota, bajo el concierto de truenos que parece querer sepultarte junto a su recuerdo.

No obstante, la lluvia sigue jugando a lo imposible.

La sientes tan agradable...

Como un abrazo.

 

Dios está en la lluvia. Puede ser. Una gota por cada persona amada que se ha ido.



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