Toda una vida condicionada a una rareza.
Una rareza ramificada en un laberíntico conjunto de síntomas y consecuencias.
El camino ha tratado de redirigirse a sí mismo en un sinfín de ocasiones.
Múltiples parches para un balón de largo recorrido que quiere alcanzar el final del trayecto de la forma más digna posible. Porque la dignidad, al igual que los derechos, siempre hay que pelearlos.
Si ya de por sí la vida es una jungla con un filtro de amabilidad cordial y cortés, cuando uno deambula por los pozos de la psiquiatría, tarde o temprano, recibe las banderillas ante el silencio de toda la plaza.
Así es.
Uno dispone de una vida y, de repente, pasa a un campo de tortura que en el mejor de los casos se lo llevará por delante.
Un espectáculo para las masas en sentido inverso, pues cuando el color se torna en blanco y negro, no muchos se quedan para colorear la tragedia personal.
Al final, de tantas pastillas y terapias sueltas dilatadas en el tiempo, de tanto ingreso y latigazo, de tanta lenta quietud en el progreso y tanta velocidad reprimida, uno contempla su lienzo vital con cierta ira y rabia.
No es que se disponga de un segundo lienzo en la reserva.
Sin embargo, sí se habla de las segundas partes. De las segundas oportunidades.
Como si fuese Michael J. Fox saltando en el tiempo, heme aquí en pleno 2026, bien entrado el siglo XXI, cuando la problemática cegó todo horizonte rozando aquel maldito cambio de siglo.
Recuerdo que no tenía problemas de sobrepeso ni, por supuesto, diagnósticos en salud mental.
Abrir los ojos de repente conlleva una sensación de haber salido de un estado de coma.
En el caso que nos ocupa, querido lector, esos quince años de batallas mentales sin parangón contra todo y todos se me empiezan a antojar como una tormentosa pesadilla que se disipa en la lejanía. Pero aquí estoy.
Soy el producto subyacente de un proceso de madurez desdoblado y poco coherente.
La improvisación y el entrenamiento de los reflejos sensitivos forjaron un milagro poco común: La copia de seguridad de aquello en lo que uno más cree.
Últimamente he estado en contacto con el asunto de la respiración guiada, de la forma en la que uno vibra energéticamente y de la necesidad de confrontar lo que más nos molesta con el espejo. Con la tendencia macabra por pura supervivencia de agarrarse al flotador en medio del océano embravecido.
Estoy de acuerdo con que toda vida debe enfocarse desde un proceso evolutivo y en permanente desarrollo, pero lo que uno no puede sacrificar son esos pilares invisibles que, no obstante, siempre han estado ahí.
Las crisis de salud mental comparten destrucción por todo lazo central.
Es tan cierto que los pilares ético morales son y deben ser sólidos a lo largo del periplo vital como que volver a contemplarlos en solitario es cruel. Ahí donde había familia, amigos, conocidos, y muchas cosas materiales… Ya solo hay ceniza. Pero en medio del velatorio, erguidos como malditas placas sagradas, ahí están los pilares. Puedes sentir su tacto sin verlos, olfatear el eco del susurro de la conciencia sin escuchar más que un silencio sepulcral.
Ahora que voy para una década caminando de forma equilibrada, los Reyes Magos de oriente me han dejado sus obsequios y una lámpara por adelantado.
Un regalo es un lienzo nuevo. Ya tiene un rostro dibujado a carboncillo desde hace unos buenos años. Es una persona preciosa, con muchos más pilares que yo, sin largas temporadas en coma y con la capacidad de hacer que, desde el equilibrio, quiera incluso aventurarme a darle unos buenos trazos de color.
Otro regalo es la inusitada sensación de estar respirando oxígeno cada mañana. Nada del pútrido olor de la oportunidad robada, la frustración inyectada o la frontera con la nada.
Porque claro que hay oscuridad.
La hubo, llega a diario y se proyecta a largo plazo.
No me cabe duda alguna de que para eso me trajeron la lámpara.
Ahora resulta que mis habilidades demostradas a la hora de mantenerme en equilibrio saltan a toda lógica del DSM. Se abren viejas grietas en el arcaico sistema psiquiátrico, que omitió marcando la casilla “inespecificado” toda relación de mi caso con cualquier forma de autismo.
¿Se puede vivir tanto tiempo en las sombras de un mundo enterrado y seguir el camino indemne?
Claro que no.
Soy un amasijo de heridas que ni siquiera debieron existir.
He conectado con bestias que no deberían estar en mis sueños.
Pienso y razono como una maldita computadora que trata de procesar anticipatorias.
Aunque mirando la lámpara que sostienen mis manos me quedo más tranquilo.
Me hace sonreír seguir viendo luces de farolillo por aquí y por allá.
El conjunto tiene toda el aura de una gran aventura.
Posdata.
Los Reyes Magos me dejaron una nota diciéndome que me darían el tercer regalo por Navidad. Por aquello de respetar las tradiciones.
Me parece bien.
Ojalá sea una pluma.
Adoro escribir bajo la oscura y fina lluvia de las noches de invierno.





