Toda una vida condicionada a una rareza. Una rareza ramificada en un laberíntico conjunto de síntomas y consecuencias. El camino ha tratado de redirigirse a sí mismo en un sinfín de ocasiones. Múltiples parches para un balón de largo recorrido que quiere alcanzar el final del trayecto de la forma más digna posible. Porque la dignidad, al igual que los derechos, siempre hay que pelearlos. Si ya de por sí la vida es una jungla con un filtro de amabilidad cordial y cortés, cuando uno deambula por los pozos de la psiquiatría, tarde o temprano, recibe las banderillas ante el silencio de toda la plaza. Así es. Uno dispone de una vida y, de repente, pasa a un campo de tortura que en el mejor de los casos se lo llevará por delante. Un espectáculo para las masas en sentido inverso, pues cuando el color se torna en blanco y negro, no muchos se quedan para colorear la tragedia personal. Al final, de tantas pastillas y terapias sueltas dilatadas en el tiempo, de tanto ingreso y latigazo, de ...