martes, 14 de junio de 2022

Tercera Experiencia Bipolar Sin Alcohol (Parte II)

 



Parte II



Día 20.

Aquí cada dígito que se mueve es importante.

Aunque tampoco es que deba resultar de vital importancia.

 

Dado que me encuentro escribiendo la tercera tentativa por dejar atrás un tóxico como el alcohol de forma exitosa, sería una estupidez no beber, valga la redundancia, de enseñanzas pasadas.

En este territorio, más que nunca, hay que equilibrar las cartas. Acontecimientos, emociones, sentimientos... Todo juntándose en una amalgama de la cual un simple detalle puede desencadenar avalancha. Un fenómeno fatal en una batalla que se renueva a cada salida de sol y se recrudece cuando menos lo esperas.

Hablar de equilibrar algo en concreto cuando el mapa general es un caos no supone un imposible. Al menos, no a medio plazo. Yo mismo me lo demostré en la primera serie de EBSA, cuando peleando contra todo pronóstico sumé la nada desdeñable cifra de 7 meses. El problema, el principal talón de Aquiles, fue desarrollándose, en silencio y a fuego lento, como una víbora. 

Se trataba del estado de total concentración en el que imbuí mi mente.

Ya se sabe que cuando se fuerza algo demasiadas veces el objeto tiende a romperse. Supongo que, en este caso, las circunstancias operan igual. Forzar la mente a ver la luz sí o sí, bajo amenaza de apagarla yéndose a dormir en caso contrario, tiene un hándicap tan grande como las sombras que genera y pone en juego. Si los claroscuros de una lucha sin descanso son demasiado abruptos, el cansancio y el desgaste se verán acentuados.

Tan solo hará falta ese pequeño copo de nieve rebelde, ese ‘algo’ que suele colmar vasos, y la avalancha barrerá sin oposición cualquier intento de resistencia. 

El resto, como se dice, es historia. Una historia a la que nuestra mente regresará con solo UN trago. Una pequeña dosis y los circuitos neuronales se reconectarán a tiempos previos a tanto esfuerzo, sacrificio, dolor y lucha.










 

Por suerte, el mapa de mi vida aparece bastante más presentable en esta ocasión.

Las peripecias de mi yo loco de remate se fechan años atrás, incluso antes de la pandemia. Años en los que he intentado construir con mi mejor fe, aprendiendo a dejar a un lado la ira y la venganza, y bajando del caballo de la frustración mal tolerada. 

Con un equilibrio, al parecer, han llegado otros.

Porque no es que me esté esforzando en demasía en esta empresa. No, al menos, hasta puntos de presentar escritos que encojan el alma, ni atenacen el corazón, ni sobrecojan el interior. 

Es algo que resulta de gran valor, casi de vital importancia, para el proyecto de desintoxicación que me ocupa. Ni me rebozo en el lodo de mis miserias, ni sobrevuelo los cielos imaginarios a los que mi ansiolítico por excelencia me propulsa. ¿El resultado? Equilibro, querido lector, un término al que maldije por décadas y que ahora parece brillar como un diamante en bruto.

Aunque, como a todo diamante en ese estado, hay que pulirlo hasta incluso mutar su forma.

En los últimos años no solo he dejado atrás a personas que consideraba esenciales en mi vida, sino que también he visto caer, o he derribado, auténticos pilares de esta.

Algunas lágrimas y mil pesadillas después... ¿Sabes qué?, ni ha llegado el apocalipsis ni la noche se ha hecho eterna. El sol sale exactamente igual, aunque esta vez, lo hace para mí y mis seres queridos. Un grupo de personas a las que no les tiembla el pulso a la hora de aconsejar o corregir, pero que al menos no se alimentan de mi energía, recursos y ánimo con fines pérfidos o egoístas. 

 

Todo esto me sirve para lanzar un aviso a navegantes. 

A modo de boya de advertencia, me basta con afirmar que nunca existirá el momento perfecto, ni para dejar un tóxico, ni para nada en particular. La vida, si uno no es un ermitaño tan solitario que ni siquiera la fauna o la flora le afecte, está compuesta de altibajos subidos al columpio de nuestro entorno, en el parque de atracciones de la sociedad.

A modo de faro, no obstante, puede encender la luz guía que te ahora mismo te encuentras leyendo por segunda vez.

Porque si un maníaco depresivo rozando los cuarenta puede plantearse, y con buenas sensaciones, el dejar lo que ha sido el bastón en su camino... Entonces no veo límites en esta empresa para nadie en concreto.









Aunque también es cierto que yo venía aquí hoy a romantizar. 

Visualicemos esa copa helada.

Enfoquemos la botella de cerveza.

Cómo caen las gotas mientras tragas saliva imaginando esos preciados instantes de echar los primeros tragos. Cómo tu mente se asienta, relajada y sosegada, en un mar calmo que las pastillas médicas tan solo logran picar. Adrenalina y optimismo entrechocando su oleaje, contigo en medio, agarrado a la copa. Subido a la tabla de surf.

¿Qué diría un psicólogo a un paciente atado a algo extinto?

Que el luto va a ser necesario si se quiere pasar página. 

Y el luto, como la adicción, como la estabilidad... Es labor diaria, de cocción lenta y resultados a largo plazo. No apto para aquellos que buscan cualquier tipo de enajenación del mal que les corroe. Porque si en fase de luto te torturas visualizando y sintiendo lo que más anhelas, te estás colocando en la mismita esquina del ring. Carnaza para el rival. La avalancha que se cierne sobre ti.

 

También acudía al teclado y la página en blanco en busca de algo de compañía. Como la tuya, querido lector, pues una vez más, de algún modo, te siento junto a mí mientras tus ojos navegan por este montón de líneas.

La banda sonora del Código DaVinci fluye poderosa a través del altavoz que me hace las veces de escudero en esta nublada y calurosa tarde de martes. Mi cabello aún gotea por la ducha reciente y siento algo así como crecientes buenas vibraciones a cada tecla que voy pulsando.

Parece que hemos resistido un día más. 

Una jornada difícil que ha coronado una batalla tan invisible como colosal en el día anterior.

 

Es bueno que los grises se vayan encontrando con manchurrones y garabatos. 

Así no se nos olvida que nuestro enemigo mora en un lago sumido entre espesa niebla.

Así recordamos el reflejo de sus ojos, la intensidad de una mirada clavada en nuestras entrañas y que, de algún modo, ruge desde nosotros mismos.

Esa anaconda gigante debe morir. Pero para que pueda pasar el luto de algo tan ambicioso... Aún queda mucho camino por recorrer.

 

Espero que sea a tu lado, una vez más, mi querido lector.





Para leer la Parte III haz click aquí


Para leer la primera parte haz click aquí


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domingo, 12 de junio de 2022

El banquete | Segundo Especial para la LC de 'La Cabaña' 2022



ESPECIAL LC 2022

LA CABAÑA

El oscuro laberinto de la psicosis


Introducción


Llegamos al final del segundo tramo de esta apasionante lectura conjunta organizada por Arkana. Concretamente, a la mitad del laberinto. Y, muy posiblemente, a su naturaleza más cruda y compleja hasta el momento.

 

A vista de pájaro, resulta muy enriquecedor ver cómo este grupo de mentes inquietas toma diferentes caminos, extrayendo suculentas conclusiones. Afirmo este desde esa altura media que me permite otear las ramificaciones pasadas y futuras que los motivan como lectores.

Sin embargo, las montañas que rodean a la cabaña no pueden ser alcanzadas tan solo así.

De modo que, a vista de helicóptero blindado, me satisfacen dos cosas de la perspectiva más amplia. Primero, el hecho obvio de que soy capaz de ascender mentalmente ahí donde en otras ocasiones mis motores neuronales ardían. Segundo, que cierta ambivalencia parece regar el curso de opiniones de los participantes. Y no se trata de blanco o negro, de comprender o no enterarse. Tiene más que ver con los grises intermedios. 

Su avance por el laberinto es firme, y ahí donde uno no quiere llegar, quizá otro le facilita lecturas sorpresivas. Donde el segundo se ve bloqueado, el primero le ayuda con puntos de vista imprevistos.

 

Si fuese una máquina podría estar estudiando al respecto largo tiempo, pero el corazón que palpita en mi interior, café en mano, en esta calurosa tarde de domingo, saca a relucir el verdadero baluarte de los puntos de vista a emplear.

El mío propio.

No resulta fácil como artista verte nuevamente rodeado de una oscuridad resucitada.

Tampoco lo resulta como escritor, pues las viejas cicatrices que movieron tus dedos parecen, por momentos, doler con intensidad.

Como persona la cosa podría tildarse de masoquista.

Pero todo eso adquiriría gravedad si fuesen máquinas estas personas que me rodean dentro del laberinto. No es así. Este maravilloso grupo de seres humanos de asombrosas psiques y aún más grande condición humana me recuerda a cada paso, a cada palabra leída, que estamos aquí para leer con cariño una trama, en ocasiones, carente de él.

 

Para todo ellos va este segundo premio de la actividad.

Un relato titulado ‘El banquete’, continuación de ‘La visita’ de la semana pasada.



El banquete 



El miedo.

Una curiosa sensación de lo más caprichosa.

Una puede creer haberle dado esquinazo que, ¡Zas!, te agarra a la vuelta de la esquina. Y menuda variedad de formas puede llegar a adquirir...

 

El miedo es algo así como un lago al que, si no se le ponen ciertos límites, puede llegar a arrasarte, inundación de desgracias mediante. 

Qué bien lo sé yo misma.

Encerrada por años en una tumba en vida, siempre esperando el no se qué de turno que, al final, si no te mueves, nunca llega.

 

Aunque, como he dicho, el miedo es algo cambiante. Como un guante que se adapta a toda realidad. No solo puede retirarte del juego, sino que también puede lograr que lo juegues de forma acelerada y demasiada temeridad. Y no sé que es peor.

 

A estas alturas, sus sombras ya han formado ejército. 

Pero a mí no me falta ni luz, ni predisposición.

Si tiene que haber guerra, pues que venga. Yo seguiré tratando de ser feliz.

 

 


 

El viejo dobló el papel exactamente allí donde se encontraban sus pliegues previos.

Inhaló profundamente, sentado en su sillón frente a la hoguera, como si quisiera absorber no solo el aroma de la nueva carga de leña que ardía, sino también la misma esencia del momento en sí.

Los nervios hacían presa de Verónica, que, a su lado, en un nuevo sillón en el que no había reparado en un comienzo, maldecía el momento en el que rebuscando en su bolso se le había caído al suelo su diario. 

¿Cómo iba a negarle al viejo aquel su lectura? El interés por su intimidad había sido notable e instantáneo y, a fin de cuentas, perdidos en aquel remoto lugar, era imposible que hubiese peligro alguno en dejarle leer. 

Sin embargo, el creciente nerviosismo tenía raíces en la profunda inseguridad de la joven, herencia de un pasado demasiado oscuro. Raíces que el viejo, como quien poda con gran experiencia, cortó de raíz con un simple comentario distendido.

—El miedo. Ah, sí... El miedo... ¡Hay que ver la de alas que uno tiene que fabricar ante el empecinamiento de ese bribón por cortarlas!

 

Sin saber bien por qué, Verónica se echó a reír ante la divertida expresión de aquel sujeto. El viejo era, en gran medida, entrañable. No era de esas compañías que pueden resultar molestas de buenas a primeras.

—Aquí tienes.

El viejo extendió su arrugada mano, devolviéndole el diario a la joven.

—¿Por qué no sales a dar una vuelta? Es tarde, y no creo que tu estómago se resista a comer como es debido antes de emprender el regreso. Esta noche, además, precisamente vienen a verme unos invitados que, estoy seguro, te caerían pero que muy bien.

Verónica no supo muy bien qué decidir. Aunque, para cuando realmente se lo planteó, ya se encontraba caminando por el exterior de la cabaña, haciendo tiempo y con las tripas rugiendo de forma generosa.

 

 

Dejó pasar lo que consideró bastante tiempo.

Aunque, conociéndola, bien podrían haber pasado ni cinco minutos cuando, asomando desde una espesura cercana, vio el humo que manaba por la chimenea de la cabaña.

Avanzó, ya con su estómago tocando ópera, cuando de pronto, súbitamente, al acceder al cobertizo, salió despedida de él.

—¡Mira por dónde vas! — Aquel primer comentario tras el choque frontal encendió por dentro a Verónica.

El siguiente, la devolvió a su estado natural.

—Disculpa... ¿Te encuentras bien? 

Cuando alzó la vista, se encontró ante la presencia de dos perfectos desconocidos. Ahí se quedaron, los tres plantados, hasta que el viejo salió del interior de la cabaña, tan sorprendido como divertido.

—Menudo trompazo. Hay que ver... Entereza, Disciplina, ¿Es que no la vais a ayudar?

Poco después, el grupo entraba en la cabaña. 

 

¿Cómo diablos aquello era posible?

Entereza y Disciplina no eran los únicos invitados. Verónica contó hasta ocho cabezas sentadas en una gran mesa alargada. Una mesa que, estaba segura, era imposible que cupiese en el espacio original del lugar que había conocido no hacía mucho.

Iba a comentar algo al respecto cuando el tintineo de un cubierto chocando con una copa la silenció. A ella y, paulatinamente, al resto.

—Bienvenidos, mis queridos invitados. Esta noche es especial, por lo que estoy cocinando un estofado de auténtico rechupete. Tomad asiento mientras termina de hacerse. Conoceos. Si es que eso es necesario...

Aquellas últimas palabras por parte del viejo anfitrión encontraron su misterioso final en una especie de eco decadente.

Verónica, nerviosa como era ante esas situaciones, hizo gala de lo mismo que la había aupado a lo largo de los últimos años. Se lanzó. Sin miramientos.

 

Poco después, entre risas, brindaba con el delicioso vino blanco con la única chica que, a parte de ella, integraba a aquel grupo.

—Chica, ¡Eres la hostia!

—¡Y tú también, Soñadora! Tú también...

Aunque no todo eran sonrisas y buen ambiente.

Una de las esquinas de la mesa parecía incluso oscurecer la iluminación global. Como si de una sombra de creciente naturaleza se tratase.

Soñadora, una morena delgada, pero con enorme carácter, decidió entonces dirigirse en voz baja a su nueva amiga.

—Con Pánico y Ansiedad mejor no hablar. A Luto... A ese ni siquiera lo mires.

 

Decir a Verónica una orden directa tenía como principal efecto la aparición de su insaciable curiosidad. Quizá por eso desobedeció, inmediatamente y sin querer, a Soñadora.

No supo bien qué atenazó en primer lugar su corazón hasta el punto de privarla de su propia respiración.

Por un lado, la silla dónde se suponía que debía estar Luto estaba vacía.

Por otro, el anciano servía más vino en esa esquina de la mesa, clavándole una mirada que la hacía sentir desnuda. Desnuda hasta un punto que encogía todo su ser.





Continuará...


Para leer la parte anterior, 'La visita', haz click aquí



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sábado, 11 de junio de 2022

Mis reseñas: 'Nictofobia' (Baltazar Ruiz) | Primera Parte



NICTOFOBIA

por Baltazar Ruiz


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SINOPSIS


Una serie de relatos de terror que van desde lo más convencional a lo fantástico, encontrando en cada historia una forma diferente de enfrentarse al horror. Personajes diversos y tramas originales en una recopilación escrita a lo largo de tres años.

¿Deseas aventurarte en estos extractos de pesadillas y a los lugares oscuros que se reúnen aquí?



RESEÑA

PRIMERA PARTE

EXTRACTOS DE PESADILLAS



El género de terror resulta, en lo literario, algo así como un buffet libre de horrores a escoger. Lo es para el lector, esa alma inquieta en busca de sentirse contra las cuerdas en cuantos más aspectos mejor. Y lo es para el escritor, un ser no menos torturado que trata de plasmar la parte más oscura de la vida encapsulándola en palabras.

Baltazar Ruiz lleva tiempo bailando con temores, jugando a desvestirlos para su propio disfrute y, por consiguiente, el del inocente lector. En ‘Nictofobia’ ha llegado hasta el esqueleto. Ha desangrado y desmembrado para así desgranar y estudiar su propio concepto de horror.

Luego lo ha vestido todo en un volumen de exquisito contenido.

 

Ya desde el mismo prólogo, el autor nos presenta una curiosa paradoja. El escritor privado de sueño nocturno que, sin embargo, bebe el elixir de la parte más oscura de su campo onírico.

Tratándose de un libro compuesto por multitud de relatos, me guiaré de conceptos básicos para hacer desfilar el carrusel de miedos que Baltazar tiene a bien emplear.

Concretamente, quiero enumerar la indefensión, la parálisis, el desconcierto, la desubicación, lo fúnebre, lo desconocido, el vaticinio, el fin y la tortura.

Conceptos que el autor maneja con un estilo muy personal y cercano, tanto en las mieles de leer a los desdichados personajes, como en lo amargo de conocer sus respectivos temores.

 

Así pues, Baltazar no solo se limitará a enarbolar historias desconectadas en torno a dichos conceptos enfocados individualmente. No. ‘Nictofobia’ es como una criatura venida de un lugar desconectado del nuestro, pero que de algún modo respira y vive a nuestro lado. Se trata de un todo, en cuanto la indefensión citada puede jugar súbitamente con el desconcierto, mezclándose todos ellos en una tenebrosa amalgama a medida que el lector avanza por la novela.

 

También hay que destacar la variedad de palos que el autor se dispone a tocar. 

La baraja va a incluir un terror psicológico mayoritariamente, pero enfocado desde prismas tan variados como lo pueden ser la ciencia ficción, la psiquiatría, el apocalipsis, el dolor y un sinfín más de recursos que hacen del resultado final algo tan genial como estremecedor. 

Eso, teniendo en cuenta que apenas analizo la primera parte, no solo es mucho decir, sino que pronostica un segundo bloque igual o mejor.

 

Me queda tan solo felicitar al autor por haber llenado mi mente, y atemorizado mi interior, con docenas de escenas que, por desgracia, se me han quedado bien clavadas.

A buen seguro, el eco de las pesadillas de Baltazar va a anidar en las mías propias.

De eso se trata el género de terror. Para eso acudimos los lectores a él. Y por ello, escritores de pluma experimentada como el que nos ocupa, se merecen todo mi reconocimiento y aplausos.

 

Estoy seguro de que, si le dais una oportunidad a ‘Nictofobia’, tan solo leyendo su primera parte sentiréis el frío, el desasosiego, la desesperación y la desazón de esas noches en las que despertamos, agitados, lanzando gritos mudos con tal de emerger del horror.

Esta obra no solo bebe del eco de esa agonía. Lo sabe captar, encapsulándolo en pequeñas dosis con un núcleo común.

 

Enhorabuena, Baltazar.





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viernes, 10 de junio de 2022

La morada de la fantasía



 

LA MORADA DE LA FANTASÍA


Sara estaba harta del calor de un verano que aún apenas despertaba.

Recién pasado el mediodía, justo cuando la tarde comienza a adueñarse de su legítimo lugar, era un lecho mugriento el sitio en el que reposaba la mujer.

El olor a colilla logró desperezarla, lo justo para levantar algunas pelusillas al girarse para encarar su cenicero. No solo estaba a rebosar. Un puto cigarrillo mal apagado estaba provocando una particular y asquerosa barbacoa en el pequeño recipiente.

Asqueada, Sara lo agarró y lo condujo, junto a su pesado cuerpo, al fregadero de la cocina. Si docenas de científicos trabajasen día y noche en la persecución del secreto del origen de los hongos, pensó divertida, sus resultados no serían tan buenos como los que ella tenía enfrente en ese asqueroso instante. Fideos desechos encontraban en el moho de otros restos un pretexto para rebozarse. Quiso agarrarlos para deshacerse de ellos, pero un bostezo le recordó que no tenía sentido ponerse a limpiar semejante estropicio, cuando estaba claro que iba a rendirse nada más empezar.

De lo que no iba a hartarse nunca era de las birras heladas.

Tal como se desperezó, en el mismo momento en el que su mente adquirió cierta consciencia espacio temporal, Sara abrió la nevera, rebuscando con ahínco y un amago de desesperación. Cuando sus yemas tocaron una lata bien fría, la mujer sonrió. El alivio y cierta dosis de consuelo entraron en ella como el chute del día anterior, del que aún trataba de recuperarse.

 

Lo siguiente estaba claro.

Clásica. Necesitaba de una buena dosis de música. Pues, tal y como Sara siempre defendía, no había nada como un buen hilo musical para calibrar mente y comenzar con buen pie el día. Dirigiéndose al salón, cerveza en mano, decidió aprovechar la última elección pinchada en su vinilo. Limitándose a darle al botón de reproducción, el delicioso carraspeo de su tocadiscos comenzó a vaticinar lo que se venía. Aunque nadie, ni la misma Sara, esperaba calcular mal los pasos y reventarse el dedo meñique contra una esquina de la mesita que presidía el sofá.

Poco después, la sangre que brotaba de la uña partida no suponía lo único en brotar en el pequeño apartamento. También lo hacían las lágrimas de la mujer. Mujer que, tras un buen rato llorando, comenzó a adivinar que ahí había mucho más que una reacción al intenso dolor.

Quizá por eso, ya dispuesta a prepararse un nuevo chute que le permitiese explorar debidamente la naturaleza de su desesperación, le resultó más sorprendente aún el ver bichos de colores revoloteando por su campo de visión.

—Oh, vamos, ¡No me jodas que hay plaga!

Sara no estaba ni remotamente en condiciones de plantar cara a nada por el estilo. Y si la mujer no estaba en condiciones, lo del piso ya era escandaloso. No. Nadie iba a entrar ahí ni de coña, aunque de las baldosas comenzase a brotar mierda en estado puro.

Uno de los bichos, de rosa fucsia, se paseó por la mejilla de Sara, haciéndole cosquillas y calentándola hasta borrar todo rastro de húmedo llanto. Para cuando comenzó a juguetear con su cabello, como queriendo introducirse en su melena, la mujer ya estaba en pie, abofeteándose como presa de un agresivo brote de esquizofrenia.

De repente, detuvo todo su ímpetu, quedando quieta como una estatua.

—Ya me parezco a mi madre. — Afirmó en voz alta mediante un tono plagado de abatimiento.

 

No metas a Encarna en esto.

 

El corazón de Sara estuvo a punto de fallar nada más escuchar aquella voz.

Se la consideraba la puta de su calle y la yonki del barrio. Desde hacía tanto, que ya ni se molestaba a discutir con el reflejo que le lanzaban los espejos. Simplemente, solía mirarse en ellos hasta que una ira descontrolada le hacía romperlos en mil pedazos. Trozos que, a la postre, eran perfectos para infringirse cortes en los brazos y, cómo no, cortar la coca.

Pero no era una zumbada. Eso no.

No era como la loca de su madre.

Por eso quizá, cuando la voz volvió a pronunciarse, Sara agarró lo primero que tuvo a mano, dando por hecho que algún hijo de puta se había colado en su casa.

 

¿Por qué no te pegas un viaje?

 

—¡Viaje el que te voy a dar con el palo de escoba, ladrón de mierda!

La respuesta de la mujer quedó colgando en el caluroso interior del apartamento. Solo el sonido de un ventilador averiado parecía rivalizar con el in crescendo musical de un vinilo ya a mitad de reproducción.

 

He dicho que te pegues un buen viaje.

 

El bofetón que recibió Sara no vino de ningún lugar. Pero la lanzó al suelo por KO.

Levantándose, aturdida, abrió los brazos autolesionados tratando de otear el entorno.

Otro bofetón. Y otro. Luego, un puñetazo directo a su nariz.

Desesperada, la mujer pataleó en el suelo mientras sentía como unas manos la agarraban con fiereza bruta del pelo, obligándola a levantarse.

Sara trató de resistirse, aunque era en vano, a tenor de la fuerza que aquel fenómeno estaba empleando contra ella. Cuando la obligó a ir girando su cuerpo, hasta encararla a una pared, el tirón de pelo que sintió la mujer por poco le arranca media cabellera. Tratando de secar el río sangriento que manaba de sus fosas nasales, Sara al fin lo vio.

—No, por favor... 

El cuadro de su madre.

Lo único que, en su majadería de múltiples trastornos y adicciones, aquel desastre humano atinó a completar.

 

Pero si siempre te gustó la fantasía.

 

Así era. 

Por un momento, Sara retrocedió a su más tierna niñez. Si es que un padre alcohólico y pederasta permite referirse así a la atrocidad de infancia que ella vivió.

Aunque a aquella cosa no le faltaba razón.

Adoraba las luciérnagas. Tanto, que solía escaparse a los bosques cercanos a su casa para pasar noches en vela contemplando a aquellas criaturas fascinantes. Tanto daba el castigo posterior. Únicamente el momento en que uno de aquellos seres se posaba en su mano, iluminándola de tonos fosforescentes en la noche, valía sobradamente cualquier precio a pagar.

Quizá por eso su madre quiso lanzar cierto homenaje. Y quizá por eso Sara, en el huracán de destrucción que suponía su vida, si algo había mantenido a salvo, constante, era aquel cuadro en el que cientos de luciérnagas llenaban la noche de color.

 

Cuando un nuevo cosquilleo recorrió la mejilla de Sara, esa vez no reaccionó con violencia.

Simplemente, se limitó a desplazar la vista, intuyendo que aquello no se debía a ninguna plaga. Era una nota, una preciosa nota musical que brillaba como si de una luciérnaga se tratase.

El vinilo siguió hasta alcanzar el clímax de sus últimos compases.

Cuando el agarre de Sara pareció ceder, esta se giró, llevándose una mano a la boca al verse rodeada de notas de múltiples colores. Decoraban la cloaca en la que vivía hasta que, incluso, le daban ganas de llamarla hogar.

 

Es la hora. Las luciérnagas te esperan.

 

Para cuando la mujer fue a responder a aquella presencia, el empujón que recibió en el cuello rompió sus cuerdas vocales. Salió proyectada, de espaldas, en dirección al cuadro de su madre.

La fractura del cráneo de Sara precedió al seco sonido de su nuca al partirse.

 

El vinilo terminó entonces su concierto.

Alguien colocó la aguja en su lugar.

Y se hizo el silencio.




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lunes, 6 de junio de 2022

Tercera Experiencia Bipolar Sin Alcohol (Parte I)

 



PARTE I



Dicen que a la tercera va la vencida.

No obstante, a quién vas a ir con todo el descaro a pedirle fe ciega tras errar dos veces. 

Cómo vas a tener la jeta de buscar leales en un territorio tan pantanoso como el de la adicción.

Por otro lado, mis doce días consecutivos limpio de alcohol dibujan en los cielos el conocido color de la esperanza. Jugando al escondite con el verano, esta se posiciona justo al final de su calor. Mi mente evoca con mayor y mayor nitidez, a cada jornada que pasa, cielos eléctricos de vivos azules. Ventiscas regeneradoras que, en su afán por vaticinar el fin de un nuevo curso estacional, en mi caso no hacen más que traer, bajo el brazo de sus nubes, el oxígeno que me da la vida.

 

Escribir varado en las aguas calmas de junio tiene mucho de soñar despierto.

Igual que vaticinar una hipotética victoria con mi adicción inmortal de forma tan precipitada. Pero todo guerrero necesita de su espada, y lanzarme a escribir esta serie de ensayos no es más que una demostración de mi clara intención por desenvainarla.

 

Hace algunos años, diez en concreto, mi realidad se pintaba con la parte más oscura de la escala de grises. Ahí, en medio de un borrón de todos ellos, un lago se erigía si uno lograba perforar la espesa niebla que lo ocultaba. Aunque no era ni mucho menos ni un oasis, ni un remanso de paz. 

El lugar pasó a ser mi purgatorio personal. Atemporal, permanente, con tintes de eterno... Y con una gigantesca anaconda nadando en su interior. Tan bien conozco sus fauces que podría relatar de memoria un retrato literario hiperrealista de sus afilados dientes y el brutal efecto de sus múltiples venenos.

 

Sin embargo, querido lector, si estamos aquí es porque has decidido darme esa tercera oportunidad. Un lienzo nuevo en el que, muy probablemente, el escenario y sus enemigos hayan mutado la naturaleza de esta guerra. Y tanto me da si la oportunidad caduca al concluir parte o la totalidad de este texto. De algún modo, no me siento solo mientras tecleo, con la banda sonora de Braveheart pintando verdes paisajes surcados por riachuelos aquí y allá.

Sé que esta nueva batalla solo precede a otras tantas.

Sé que alcanzar el primer medio año limpio consiste en vencer, uno a uno, a todos y cada uno de los días que están por venir. 

La verdad es que, ni debo, ni puedo, ni quiero engañarme pronosticando una serie de ensayos especialmente épica o en danza cercana a la agonía. Esta vez no. Quizá el lago de la anaconda me espere indefectiblemente en la hoja de ruta, pero no seré yo el que lo busque. Pues esta tercera ofensiva contra mi más letal enemigo la organizo desde el convencimiento de que deseo un futuro más tranquilo y reflexivo del que, por desgracia, a tantos privé en el pasado.

 








¿Se trata pues de una simple cuestión de madurez?

Teniendo en cuenta lo aceptado que está el alcohol como droga legal, lo dudo mucho.

Cuántas personas defenderán a capa y espada el consumo controlado, sin tener en cuenta los aspectos peliagudos que dejan en el tintero. 

Esas noches de garganta disecada y un mañana teniendo que pedir perdón.

Esos “divertidos” actos irracionales que tanto molan y alejan de la cruda realidad.

Supongo que ahí se encuentra la raíz del problema. En el fondo, sí que se trata de una cuestión de madurez... Aunque no precisamente enfocada a la droga, pues la naturaleza de la adicción escapa a todo valor y ética nacida de la cordura. Se trata, más bien, de una madurez aplicada al propio curso vital, desde fuera y desde dentro.

Me explicaré.

Digo desde dentro porque lo primero contra lo que estamos atentando es contra nuestra propia vida. Y no vale salirse por las ramas con esperanzas infundadas en avances de la ciencia. Eso sería como jugar a la lotería, tras haber apostado nuestra alma en una partida de póker, con tal de recuperarla. Desde dentro hace referencia a nuestro propio deber con nosotros mismos. Con una vida que, lejos de entrar en si ha sido dada por un dios o la aleatoriedad universal, merece ser tratada con un mínimo de respeto que, cuanto menos, se salga de lo suicida.

También digo desde fuera. 

La cruda realidad, he comentado antes. Pues digamos que su crudeza, a lo sumo, se pudrirá si regamos con alcohol nuestros intentos de huida. La madurez, aplicada a nuestro exterior inmediato y extendida al mundo que nos rodea, requiere para comenzar de mucha responsabilidad. Y no precisamente de usar y tirar. Responsabilidad crónica y perenne.

 

 





 

 

Imagino que, si diese un speech en vez de escribir estas palabras, ya me habría llevado algún tomatazo, llegados a este punto.

Típico, dirían, deja la diversión para lanzar un alegato acerca de lo válido que es el muermo de la vida de la integridad absoluta.

Ahí, precisamente, es donde alguien que quiere desintoxicarse debe hacerse fuerte.

Algo así como una fortaleza atrincherada en la difícil guerra de aguantar las opiniones de demasiados ciegos imbéciles. Como hordas de seres babosos, tratarán de engullir el atisbo de luz que, contra todo pronóstico, ha nacido en la misma oscuridad que habitan. Sus casas, malolientes a fumeteo sin ventilar, con familias temerosas de que se vuelva demasiado pasado de copas, nunca, jamás, deben ser alumbradas.

Porque el adicto, además de necio y mentiroso, es un ladrón que esconde todas las pruebas que puede. Y tanto le va a dar que los ojos le cuelguen hasta la suela de mugrientos zapatos. Tanto le va a dar apestar en vestimenta y cuerpo. Al zombi de bar solo le importa, dos tragos de cerveza después, salir a la terraza de su antro de confianza a echar un pitillo mientras ajusticia cuanto caiga en sus manos.

Evidentemente, siempre llega el día en que la situación colapsa. Bastará entonces con hacer un alegato, preferiblemente público, de lo espléndido que el sol que llega con la mañana de un nuevo día. De una nueva época. De una nueva esperanza.

Y por la tarde al bar que hay que empinar el codo porque el cuerpo lo pide.

 

 

 

Apreciado lector. Siento asco de tener que escribir estas líneas.

Me siento tan asqueado de haber pertenecido por décadas a este club de toxicidad, que tiraría la toalla ahora que nada más apenas empiezo, con mi escueta docena de días en lucha.

Pero dicen que a la tercera va la vencida.

Un clavo ardiendo al que me voy a agarrar, del que voy a erigir mi lema, mientras, espero, esta serie de ensayos logre acumular tiempo a sus espaldas.

Discuto mucho conmigo mismo acerca de por qué hago esto.

Al final, todo apunta a que la pregunta es más bien por quién lo hago. Se me da muy bien esquivarme, apartarme del reflejo que muestran los espejos. Seguramente, demasiados años de alcohol me han deportado tales habilidades, puliéndolas como si de virtudes se tratasen. Pero como si la madurez en nuestro periplo no fuese sino un acordeón de la banda total, en ocasiones hay que regresar a puntos iniciales, para así obtener perspectivas correctas.

¿Qué le diría le niño que fui al adulto que escribe?

No cabe duda alguna.

Lo hago por mí.

Como si mi querido lector fuese yo mismo.

Como si mi propia vida dependiese de esta decisión. De la victoria en esta guerra. 

 

Dicen que a la tercera va la vencida.





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domingo, 5 de junio de 2022

La visita | Especial para la LC de 'La Cabaña' 2022

 



ESPECIAL LC 2022

LA CABAÑA

El oscuro laberinto de la psicosis



La visita



Verónica no sentía frío.

Años atrás, no demasiados, probablemente eso no hubiese sido así. Pero años atrás no estaríamos hablando de la misma persona.

Entereza, meditaba la joven. Y no es que se tratase de un nuevo ingrediente, una especie de as en la manga o la panacea a sus males... Más bien, se trataba de un aspecto, que potenciado, la había hecho rozar, si no alcanzar, el equilibrio.

 

Pese a no sentir frío en su cuerpo, no podía decir lo mismo de su psique. No creía que ningún mortal pudiese deambular por el paraje que la rodeaba sin sentir el pinchazo de la desolación. Caminos y caminos helados, con la vegetación tiesa por las bajas temperaturas, sin rastro alguno de vida salvo la suya propia. Paredes de hielo, altas como gigantes, que parecían escoltarla a un final de dudoso renombre.

 

¿Sería un sueño?

 

En ocasiones, los viajes oníricos contienen elementos de tal exagerada naturaleza que una se ve a las puertas del despertar. 

Verónica pellizcó su mejilla. Una, dos y hasta tres veces. El dolor que le fue devuelto no admitía lugar a dudas. Si aquello era un sueño, aún le quedaba camino por recorrer.

Un camino que se desarrolló por tiempo indefinido.

Pareciera como si el entorno juguetease con su presa, abriendo y cerrando senderos mientras el cansancio y el abatimiento comenzaban a danzar en la chica mental y físicamente.

Sin embargo, Verónica seguía sin sentir frío.

Tratando de controlar con la respiración un incipiente nerviosismo, la tenacidad en su avance le deparó una suerte de premio. Pues, frente a ella, erguida en medio de una gran llanura helada, la tenue luz de una cabaña iluminaba su entorno inmediato de forma tímida. Como si pelease con la inminente llegada de la noche a brazo partido.

 

Aquello arrancó una sonrisa a Verónica, que pronto se vio convertida en una mueca de asombro en cuanto alzó su vista a las cumbres que flanqueaban todos los ángulos de aquel lugar. Gigantescas e imponentes. Incluso, de algún modo, se atrevió a pensar la joven, le resultaban inmisericordes.

El languidecer del crepúsculo era ya tan evidente que la luz que irradiaba la cabaña suponía una invitación abrumadora. Invitación que Verónica, decidida, aceptó mientras terminaba de caminar por la espesa nieve en dirección a lo que sería su refugio.

Se detuvo nada más pisar el cobertizo, resuelta a echar un rápido vistazo y hacerse una idea del lugar al que acababa de llegar. 

Nada.

Ni el montón de trastos apilados, ni la omnipresente madera añeja arrojaron pistas válidas a la recién llegada, que, sin más dilación, empujó con el pie derecho la puerta parcialmente abierta de la cabaña.

 

El olor a leña quemada puede gustar o no gustar, pero sin duda alguna, resulta tan característico que todo el mundo lo conoce. Y Verónica no iba a ser la excepción.

No obstante, antes de girar la vista a la chimenea, la recién llegada paseó su mirada por el resto de la estancia.

Frunciendo el ceño, sopesó lo conveniente de la decoración minimalista en ciertos entornos. Desde luego, ella no la hubiese escogido para un lugar como ese. Que contase, allí no había más que tres o cuatro muebles, entre los que contaba una modesta silla, la pequeña mesa que la acompañaba, un grande y viejo armatoste que hacía las veces de mueble bar y biblioteca...  Y un mullido sillón.

Fue entonces cuando la vio.

Una gran chimenea, en la cual los restos de un fuego reciente aún humeaban generosamente.

 

—Más que el hecho de conocer el olor a leña quemada... Diría que lo importante radica en qué nos hace evocar. Qué experiencias, qué recuerdos. Qué tiempos.

 

Verónica se giró de inmediato hacia la voz que la había cogido por sorpresa por la espalda.

Cuando vio, a unos tres metros frente a ella, la figura de un anciano con una generosa copa de vino en la mano, lo último que pensó en si se había vuelto a meter en un buen lío.

Sin embargo, algo en aquel viejo la impulsaba a sentir que se encontraba a salvo. Probablemente, el hecho de que el hombre no parecía apenas tener fuerza ni para sostener aquella copa.

 

El viejo pareció adivinar el curso de sus pensamientos.

—Oh, maldita sea, qué maleducado. Aunque no sabía que hoy tendría una visita... Enseguida vuelvo. Puedes calentarte junto al fuego.

 

¿Junto al fuego?

 

Antes de que Verónica terminase de formular la pregunta en su cabeza, todo el interior de la cabaña pareció mutar de mil formas imperceptibles.

La que, desde luego, si percibió, fue el hecho de que la intensidad de la iluminación del salón se vio tan incrementada como la cálida temperatura en su interior.

Cuando se giró, la visión de una hoguera ardiendo con enérgica vitalidad la agarró por sorpresa.

Aunque lo más extraño de todo, era la información que golpeaba las puertas de su mente, con tanto o más ímpetu que el de la hoguera.

¿Aquel hombre le había leído la mente?

 

De repente, como saliendo de una hipnosis, Verónica sacudió la cabeza a lado y lado repetidas veces. Qué tonta. Seguro que había vuelto a pensar en voz alta al creerse a solas.






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