sábado, 25 de mayo de 2019

En busca de la inspiración perdida: Los jardines de Chi







Cuando hablamos de caer en la espesura, ni mucho menos se debe padecer una patología mental para comprender los entresijos de tan lamentable estado.
Lentitud de pensamiento, agotamiento físico, exceso de horas de sueño… Bien podría corresponderse a un cuadro depresivo de cualquier intensidad. Lo cierto es que, a la hora de tomar medidas, importa bien poco la gravedad del episodio, recalando en nuestra actitud lo verdaderamente relevante del asunto.

Porque se trata de eso, de una actitud ante una o varias rutinas. Si éstas resultan sanas, nunca va a estar de más llevarlas a cabo, una y otra vez.
Este texto lleva por título una mención a uno de los espacios mas mágicos con lo que jamás me he topado: Els jardins de la Maternitat de Barcelona.
Se trata de un lugar al que rara vez voy solo, puesto que mi gatita ha desarrollado desde buen comienzo una fijación por vivir sus particulares aventuras en ese espacio.








¿Qué mejor manera de conocerlo que dando un paseo?
Apurando el último cigarrillo que vas a fumar en un buen rato, te detienes ante altos edificios que presiden un arco que separa la urbe del gran espacio verde. Cruzas, en dirección a él, la entrada vallada. Ya desde buen principio, a lo lejos, respiras la tranquilidad que, en pocos pasos, va a detener todos los relojes de los allí presentes.
Las primeras esculturas custodian la entrada sur del parque, por la que asciendes dando lentos y resueltos pasos hacia una bifurcación ante la que debes tomar una de las primeras elecciones del paseo.
Chihiro se muestra alerta pero relajada, curioseando la fauna del lugar, cuyos sonidos impregnan tus sentidos mientras sientes cómo la brisa te acaricia el rostro disipando una primera capa de negatividad. La gata va dentro de su cápsula espacial, una mochila muy práctica.








Al alcanzar la bifurcación, te decides por el tranquilo camino izquierdo, donde, a la sombra de los primeros árboles frondosos, peinas la senda que rodea un pequeño parque infantil.
Chi comienza a situarse y a exigir algo de libertad.
De modo que rebasas ese primer núcleo para acceder al segundo.
Un inmenso páramo de verde césped se extiende de pronto ante ti, con algunos árboles de largos años en sus raíces dispersados aquí y allá.
Es el momento.
Posas la mochila en suelo, haciendo aterrizar la cápsula espacial.
Podría ser una metáfora de lo que estás experimentando. En tu casa, dentro del planeta de tu mente, el tramposo hervidero de pensamientos pesados lleva demasiado tiempo efectuando su labor erosiva. Pero tras el viaje que acabas de efectuar, el escenario ha cambiado. Es imposible resistirse a admitir que el tiempo primaveral, aliado con el escenario pertinente, despeja y sana.
Sumido en esos pensamientos despliegas la tienda de campaña de la mochila.
Chi te mira, sorprendida, e inicia su investigación particular de cuanto la rodea y cuanto percibe.








Establecer como habitual este sencillo paseo ha logrado que, ante el acorralamiento contra la esquina del ring que he experimentado combatiendo últimamente contra la vida, mi mente haya dado con un espacio de descanso.
Con un pequeño oasis en el desierto de la inspiración.
De modo que, sin dudarlo, señalo esta práctica como primer gran baluarte en la siempre difícil tarea de mantenernos creativos.
Aunque el martillo de una patología o simplemente un mal día nos castigue repetidamente.
Aunque el magnetismo de la negatividad quiera darle permanentemente la vuelta a la tortilla.

En ocasiones, una simple puesta de sol puede resultar una completa odisea de emociones para nuestra percepción.
Y no hace falta ir muy lejos para encontrarla, vivirla y tratar de exprimir de ella lo que sea que necesitemos para así canalizar nuestras emociones.

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viernes, 24 de mayo de 2019

Segunda experiencia bipolar sin alcohol (Parte I)





Acabo de vaciar un litro de Shandy por el fregadero.
La shandy es algo así como una cerveza enmascarada. Con menos de un grado de alcohol, resultaría bien sencillo beber el brebaje sin tener consciencia alguna de que uno se está drogando.
Precisamente el hecho de haber vaciado el contenido de la botella por un lugar que no es mi garganta otorga honestidad a estas primeras palabras. Primeras de muchas, espero. Pues me encuentro alcanzando la nada despreciable cima de dos semanas sin beber alcohol.

He decidido comenzar así esta travesía literaria para dejar constancia de lo sencillo que puede resultar mandar al carajo todo lo que se vaya obteniendo por el camino de la desintoxicación.

Hace ya tres años, me encontraba en una situación muy semejante a la que ahora me ocupa.
De una noche insomne emergió un texto que acabó por titularse “Experiencia Bipolar sin alcohol”. Éste tuvo continuidad, y en la perseverancia por dejar atrás al tóxico, se fueron sucediendo los ensayos, uno tras otro, hasta verse coronados por una décimo octava parte en la que se cantó victoria demasiado pronto.
Como en la misma vida, de los fracasos se aprende, tratando siempre de dejar atrás el lastre del pasado para que el peso no ralentice demasiado nuestros pasos.
De modo que aquí me encuentro, caminando, quejumbroso por la depresión primaveral, hacia ese desconocido horizonte que siempre se dibuja en los últimos meses del año.

Este texto también va de bipolaridad.
Una enfermedad cruel que te trata mal en sus fases bajas y aún peor cuando te alza al olimpo del estado de ánimo.
El mero hecho de que me encuentre con ánimo de redactar estas líneas ya resulta una señal de alarma.
El mero hecho de que en mi doceavo día sin beber me haya visto en la tesitura de empinar o no el codo con la maldita Shandy también.
Sin embargo, alarmas aparte, lo cierto es que me alegra enormemente haber redescubierto y desempolvado este magnífico bastón como es la escritura.

Gracias a ella, puedo tratar de plasmar mi realidad del modo más ajustado posible, en un intento por trasladar al papel lo intrínseco a lo que considero una etapa clave en la aventura de mi vida.
Estoy viviendo de nuevo en Barcelona.
La ciudad de mis sueños y la morada de mis peores pesadillas.
Un océano de experiencias que llenaron de ríos de tinta los lienzos del pasado. Que peinan con su oleaje mis estados de ánimo presentes. Que susurran ecos desde el futuro, con la dulzura de las musas de mi más arraigada esperanza.








Para proporcionar una idea del control férreo que he dispuesto sobre lo maníaco de mi patología, baste con decir que dispongo de ocho especialistas siguiendo mis pasos.
Desde el trabajo social a la psicología, desde la enfermería a la psiquiatría, pasando por sectores de reinserción, de este caldero de innumerables ingredientes habrá de salir como resultado el sabor de mi futuro a medio plazo.

Pienso en mi enfermera del centro de drogodependencia.
En lo sincero y cercano del aprecio que le intuyo hacia mi persona.
Cuando has pasado meses recogiendo las migajas de una sociedad egoísta y cruel, encontrarte con fuentes de calor y depósitos de energía que se ofrecen sin reparos resulta de lo más reconfortante.
Sí, es su trabajo. Pero en mi dilatado periplo por los circuitos de la salud mental, puedo garantizar que no resulta habitual adquirir una actitud tan cálida con respecto al paciente.
Es algo que me alienta a luchar día a día, desde el mismo frente de la batalla.
Ese lugar en el que, por uno u otro motivo, los míos no pueden estar.
¿Significa esto que adolezco de una profunda soledad?
En absoluto.
Los míos se manifiestan, ayudando y apoyando, de variopintas maneras.
Unos conteniendo el aliento, fruto del espanto que genera lo delicado de mi situación en la gran ciudad. Otros, manteniendo un hilo de comunicación constante que me sirve de lecho para descansar cuando no puedo más, de espejo donde mirarme cuando requiero de un auto análisis crítico y de esa sana compañía que tanto cuesta encontrar en este mundo corrupto. Ese tipo de compañía que te demuestra un amor incondicional, una alianza irrompible, ya sea en el ámbito familiar, de amistad o de relación sentimental.

También existe, cómo no, la otra cara de la moneda.
Esas heridas que aún me sangran mientras escribo y medito.
Nada destacable, supongo, para un lector que si ha llegado hasta aquí es porque dispone de sus propias cadenas, sus propios fantasmas y demonios.
La diferencia supongo que radicará en el cansancio emocional.
Vengo de más de medio año de fase maníaca a la que, puntual, ha tomado el testigo una etapa depresiva.








Para eso dispongo de tanto especialista.
Esta vez, este año, me he puesto entre ceja y ceja la estabilidad. Para ello, no bastará con la magna tarea de dejar un tóxico que me ha acompañado por más de dos décadas. No bastará con tomar religiosamente la medicación, haciendo uso de todas las muletas posibles.
Evidentemente esos dos soldados son más Comandantes de mi ejército que otra cosa.
Son reinas en mi partida de ajedrez.
Sin embargo, frente a mí se sienta mi archiconocido rival. El Monstruo, con la psicosis como arma de destrucción masiva.
Ante él no vale descuidarse.
No vale no dormir.
No vale no comer.
No vale obsesionarse con un frente en concreto.

Sumidos en tal partida de ajedrez ante lo más destructivo de nosotros mismos, más nos valdrá cuidar de cada peón que alberguemos en nuestras filas.

De eso tratarán en parte los ensayos que sigan a esta primera parte de mi Segunda Experiencia Bipolar sin alcohol.
Un camino que, una vez más, apunta a un norte cada vez más ambicioso, aunque, al mismo tiempo, más lejano y esquivo.
Estáis invitados a acompañarme.




Continuará...

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viernes, 8 de marzo de 2019

Cazando instantes de paz


Me encuentro con los pies firmes sobre la tabla.
Una ola de generoso tamaño impulsa mi marcha.
En mi interior, una olla a presión exhala por donde puede una vaga promesa de lo que en realidad alberga en su interior.
Fuera, sin embargo, lo que se ve es una radiante sonrisa que parece conquistarlo todo.

El día es soleado y me encuentro en un entorno paradisíaco.
Donde casi me comen los tiburones en el pasado, cierto, pero no por ello la salvaje visión de los bosques de posibilidades que aguardan en la orilla pierde ápice de belleza.
No obstante me he decidido a apurar lo que resta de jornada en surfear algunas olas más.

La hipomanía bipolar es, cuanto menos, garantía de un alto nivel de actividad.
Luego de uno dependerá en qué se emplee el tiempo y la elevada cantidad de recursos que nuestra mente nos pone sobre la mesa.

No hace demasiados años que me imaginaba dialogando con un mar embravecido, que rugía a través de una espesa niebla mezclada con la espuma de su furioso oleaje.
No hace demasiados meses que esa visión se hizo realidad, en unos duros años de exilio forzado que aún actúan de ancla para mi alma.
Ese es el dibujo y no otro.
Una mente que propone la construcción de un cohete para lograr volar.
Un alma que actúa de contrapeso a las ideas que manan.
Y una tabla, una simple pieza de humilde madera naranja como el fuego, que nos permita surcar la línea de espacio entre esos dos extremos.

¿Cuántas veces me habré caído en el pasado?
Una caída puede antojarse dolorosa para el lector, pero… De añadir seres marinos carnívoros tan hambrientos como las sombras que pueblan la existencia, ¿No es cierto que la tesitura adquiere gran gravedad?
Psiquiátricos que te atrapan por años.
Depresiones que apagan las luces.
Abismos en los que perder la noción de lo caído.

Mi sonrisa se erige bajo una mirada cansada e ilusionada.
Sinceramente, si mi fin anduviese cerca, en cualquiera de sus formas, todo habría valido la pena.
Porque la espuma fresca del mar salpica mi rostro mientras adquiero velocidad sobre todas y cada una de sus olas.
La sensación es de puro rock ‘n roll.
Las emociones, contenidas, gritan la letra de la canción.
El corazón, a la batería, sigue un ritmo en permanente ascenso y descenso.
Y a la guitarra, como no van, mis manos, radiantes por reencontrarse con el querido teclado.    




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miércoles, 2 de enero de 2019

RESEÑA DE 'EL SÍMIL: DÍA DEL LECTOR' (J.Carlos Fernández)







por J. Carlos Fernández





¿Quién dijo que hacer reseñas es fácil? Bueno, en algunos casos si que lo es, o lo parece, y en ocasiones puede incluso dar la impresión que se pasa un poco por encima de la obra con el consiguiente desespero del Autor. En este caso y en el momento de poner en orden las ideas para reseñar este estupendo trabajo de Víctor Fernández, autor también de innumerables relatos, un libro de fantasía ( Mago ) y, sobre todo, trabajos profundos y reflexivos en el ámbito de la salud mental como son La Cabaña y La Taberna, los cuales ya tuve el placer de reseñar en su momento.
                
He tenido conocimiento de este trabajo desde sus inicios y después de leerlo una primera vez me enteré de la iniciativa de lectura conjunta < aplausos para ella > así que he preferido acometer una segunda lectura aprovechando estos días y cazar esos típicos detalles que muchas veces pasas por alto inadvertidamente.
                
La estructura del libro está basada en historias individuales que nos conducen a escenarios recreados en una serie de espléndidas películas que han marcado época en el transcurso de estos años pasados. Lejos de explicar o copiar sus argumentos utiliza magistralmente sus escenarios para situar ahí a sus protagonistas hilvanando sus vivencias y vicisitudes. Dejo a los lectores el descubrimiento de esos filmes en los que se basan y que están muy fielmente recreados.
               
Una primera historia magníficamente ambientada nos lleva al horror de una guerra fiera y cruel donde las fuerzas del mal arrasan y queman todos los confines de un reino haciendo recular a los supervivientes a una fortaleza donde se desarrollará la última y definitiva batalla. En este caso el protagonista es Tylerskar y su eterno enfrentamiento con el Monstruo, con los niveles de crueldad y desasosiego que normalmente acompañan a esos encuentros ya plasmados en otras obras del Autor.
                
En la segunda historia aparece un nuevo personaje femenino < Rebeldía >, una, o por lo menos así me la imagino yo, espléndida mujer que se cuela en el fabuloso elenco de personajes que asiduamente acompañan a Tylerskar en sus aventuras y desventuras. Rápidamente nos percatamos de la fuerte personalidad de este personaje y del propósito firme y decidido que se ha marcado, la derrota del Monstruo , ese Ente que una y otra vez aparece destrozando todo lo conseguido por Tylerskar y lo devuelve al principio de un camino cuesta arriba que parece no tener fin. Rebeldía se une así a los ya conocidos y emblemáticos acompañantes de Tylerskar que ya en otras obras del Autor nos han deleitado como son Experiencia, Resolución, Rectitud, Conciencia, Esperanza, ilusión y alguno más que seguro me dejo en el tintero. Dura, fría y reflexiva Rebeldía acomete su andadura vital en las historias que conforman esta obra.
                
Es al final de cada historia donde los símiles nos recuerdan la carga psicológica y la relación de la obra con el mundo de la salud mental aunque en los relatos rápidamente se puede intuir. Sin embargo, y a diferencia de otras obras del Autor, el desarrollo de las historias conforman un escenario propio y singular haciendo de su lectura un proceso atractivo y ágil. No solo eso, las historias consiguen despertar un desfile de sentimientos y emociones que te integran en ellas, haciéndote partícipe de las vicisitudes de los protagonistas. Es difícil no enternecerse cuando los protagonistas de las desventuras son niños y aquí hago una mención especial a la historia de Joel y Tyla, una historia con una narración exquisita.
                

No voy a explayarme más en la recreación de las historias. Este es un libro que recomiendo especialmente por muchos motivos, entre los cuales está la magnífica descriptiva escénica. La prosa está especialmente cuidada y sin perder profundidad consigue ser amena y que no te cueste ir hilvanando la trama subyacente. Es aleccionador observar como el Autor con el paso del tiempo gana enteros y se sitúa en un nivel equiparable a escritores de talla mundial.
                 
Dejo para el final el tema que abordan los símiles. La salud mental, más concretamente el trastorno bipolar, y como sus diferentes fases afectan en el transcurso de la vida. El Autor ya ha recreado este tema profunda y brillantemente en sus anteriores obras “ La Cabaña “ y “ La Taberna “, la diferencia estriba, a mi entender, en su conocimiento mucho más profundo de las particularidades del trastorno y de cómo afecta sobremanera en sus diferentes fases los procesos creativos y vitales. Es pues un libro que interesará mucho a los espíritus inquietos y a los lectores que quieran profundizar en el mundo de la salud mental en todas sus perspectivas, puesto que da claves y explicaciones que pueden servir de ayuda en muchos ámbitos. Pero asimismo este es un libro para lectores que quieran disfrutar, en mi humilde opinión, de un trabajo brillante y ágilmente ejecutado.
                

En definitiva este es un espléndido libro donde salen a la luz los resultados de la fantástica progresión literaria de Víctor Fernández al que aprovecho para felicitar sinceramente y cuya lectura recomiendo sin ninguna duda.
                
Saludos!!

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