domingo, 15 de septiembre de 2019

Boig per tu







"Se muy bien que desde este bar yo no puedo llegar donde estás tú"



La vida terrenal.
Tan carente hoy en día de sentido.
Un significado esquivo que hace que la mayoría de nosotros desperdiciemos buena parte de nuestro tiempo nadando, sobreviviendo a las corrientes.
Pero un buen día uno se para.
Mira al cielo.
A los que se fueron, a los que no están, a los que están por llegar. O a lo que está por llegar.
Tanto da, pues las lágrimas afloran leales a la causa.

La certeza de la desolación es algo a lo que no todos se enfrentan. Yo lo llevo haciendo como principal política de vida desde que prácticamente tengo recuerdos.
Recuerdos teñidos de pérdida y garabateados con las muertes de seres queridos.

¿Y sabéis qué?
No siento que nadie se haya ido.

No siento que lo peor esté por llegar.

Bien es cierto que un puño en la garganta hace que escriba apartado del teclado para no salpicarlo de llanto.
Pero también lo es la sonrisa que siento en mi corazón mientras tecleo.
Como si me dirigiese a lo invisible e imposible, a lo incierto y a lo iluso. Justo donde apunta siempre mi brújula, sabedora, de algún modo, de que ahí es donde la existe la magia de lo imperecedero.







"Pero en mi copa veo reflejada tu luz"



¿Alcoholemia?
Cuando mi punto de mira se fija en la dirección que nos ocupa, bien poco me importa el término adicción, insomnio, patología y demás cánceres que la sociedad crea con mimo para capturar con vil premeditación.


Hablaré de mi copa con total cariño.
En ella, parecen contenidas las llaves de mi nostalgia. 
La combinación de la caja fuerte de mi melancolía.


Diversos cantantes entonan el estribillo de ‘Boig per tu’ mientras escribo.
Creo que, de algún modo, estamos juntos.
Ellos y yo.
Vosotros y yo.
Los que se fueron y yo.


La impotencia es tal que uno se agarra a un clavo ardiendo, diréis.
¿Qué tal si os cuento que cuando canto al techo de los múltiples lugares en los que he vivido, puedo casi sentir la membrana que nos separa los unos de los otros?

Esta es una vida individualizada, donde la empatía y la telepatía son vistas más como horror que como bendición.
Esta es una vida en la cual los sentimientos son algo a esconder y proteger.
Sí, estoy de acuerdo en que coexistimos con cavernícolas a los que ignorar supone llamar su atención. Pero estamos hablando de luz.
Curiosamente, de luz atrapada en la copa de un tóxico.
Una contradicción que valida el sentirse ebrio.

Una contradicción que acerca, y de qué modo, a todo cuanto de veras importa.






"Servil y acabado, loco por ti"



Me he visto brindando por lo imposible durante más de media existencia.
A veces lo he sentido tan cerca que quemaba mi interior.
Hoy mismo apostaría mis manos a que he encontrado al amor de mi vida.

La fe, tal y como esta concebida por la hipocresía del ser humano, me provoca repelús.
Sus iglesias y religiones… Sus templos erigidos para garantizar un caduco bienestar anímico.

No ocurre así con la figura Creadora.
No me resulta descabellado brindar por ella, vivir por ella y luchar por ella.
La humanidad ha deformado el reflejo que me devuelven los espejos de sus miradas. Cientos de miles de calificativos insultantes actúan de tirador de vuelta a su triste realidad.

Pero siempre, una vez más, aunque dilatada en el tiempo, regreso a la mirada de ese Dios tan esquivo para todos.

Ese ente está en todas partes.
Bastaría con amar una piedra para amar al universo.
Yo me he pasado la vida despreciando las piedras, sin darme cuenta de que las montañas de su acumulación me castigarían con furiosas avalanchas.

Pero este texto va de algo tan mágico, irreal e intangible como es la fe.

Este texto es un nuevo dardo a la diana, no de esta vida, sino del eterno periplo.

¿Sabéis qué?
Si por un solo instante, con todo lo sufrido y aprendido, puedo volverme loco de amor, me daré por satisfecho.

Me he vuelto loco por muchas cosas.
Ahora la locura sería querer estabilizarme para garantizar que esa chiquilla sonría sin cesar.
Pues en sus ojos veo el universo entero.
En su corazón siento la misma hoguera que, a duras penas, he logrado mantener encendida hasta aquí.


De eso, de núcleos cálidos desde los que mirar a las estrellas, trata la verdadera vida.

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martes, 16 de julio de 2019

El reflejo del susurro musical: Sex, Drugs & Rock 'n Roll



Todos juntos tumbados sobre la gravilla del gran campo de fútbol.
La noche profunda reinaba cuando un joven posó su mirada en la rubia melena de su acompañante más cercana.
La reconoció al instante. Tenía esa capacidad con la que un simple mechón de esa dama le hubiese servido para rastrear su identidad. Y no solo la actual. Décadas atrás debió ser una mujer despampanante, y lo cierto es que aún conservaba belleza tras sus arrugas y una deliciosa silueta.

Aún adormilado, dejó caer su mano a los cabellos de su acompañante, que rio traviesa. Alzó su cabeza para mirar al joven, y en cuestión de segundos se revolvió para abrazarse a él.
Algún día me tocará a mí… —A la espalda del chico, una segunda mujer, más joven y obesa, parecía sumarse a la fiesta, puesto que el joven se descubrió recostando su cabeza en la entrepierna de ésta.
La sensación era agradable.
Viejas conocidas para él, aquellas dos chicas le otorgaban la sensación de pertenencia a un extraño hogar. No obstante, se levantó.
La rubia quiso seguirle, pero a los pocos pasos se distanció de la multitud estirada sobre el suelo para descubrirse paseando abrazado por una negra y solitaria noche.

Algunos amigos de la escuela más temprana aparecían para comparar abdominales, y lo cierto es que, aunque algo rechoncho, conservaba una buena fortaleza en su cuerpo.
Mientras se disponía a recoger algunos mecheros del suelo, extraños trofeos de lo que parecía el esbozo de un raro triunfo, una adolescente daba grandes zancadas en dirección a ninguna parte.
También la reconoció, aunque ella no parecía recordarle a él.
¿A dónde vas? —Le dejó ir a modo de tanteo. La ruleta de posibilidades no incluía en su repertorio el que se besasen tan rápido, pero con lo que el chico se quedó fue, más que con la calidez y cercanía de esa boca hambrienta, con la sensación que le reportaba acariciar sus brazos desnudos.

Recuerdos de una especie de peculiar misa le asaltaron mientras comenzaba a sonreír a los cielos nocturnos.
Una gran multitud que se abrazaba para, llegado el turno individual, sacudir el cuerpo pasando así el testigo al siguiente miembro de la danza. Una comunidad que sentía la libertad de un modo extremo. No se entregaba al contacto físico solo por vicio. Era como algo lógico, un manto de cariño con el que cubrir las carencias de toda una, o varias, vidas.

Finalmente, descubriendo un balón de fútbol, se mantuvo al margen de los muchachos que jugaban un partido en la portería cercana.
Él escogió otra, más alejada. Más solitaria.
Mientras disparaba, la rubia y la obesa parecían esperarle sonrientes.
Mientras apuntaba a la escuadra cada disparo, sentía como, muy cerca, el aliento de la adolescente le buscaba en un deseo húmedo.

Entonces el reino de Onírica amenazó con expulsarle.
Justo antes de despertar, una pregunta le asaltó.
Repentinamente fue consciente de que todos los allí presentes habían o iban a ser carne de psiquiátrico. Que habían peleado. Habían montado su revolución.
Al mundo al que iba a regresar, se dijo mientras formulaba al aire la pregunta, no le iban esas cosas.

¿Contener el Sex, Drugs & Rock ‘n Roll es el verdadero objetivo de la nueva Santa Inquisición?








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domingo, 14 de julio de 2019

En busca de la inspiración perdida: Una extraña Victoria




¿Alguien duda de que el amor es la fuerza más poderosa que existe?

Si nos enfocamos en lo dramático, no cabe duda alguna de que muchos podríamos poner sobre la mesa cartas de mucho peso para contrarrestar dicha afirmación.
No voy a redactar un texto acerca de las maravillas que el romance puede arrojar sobre casos de tragedia extrema. Porque mi experiencia personal dista de ser algo así.
La depresión, en su dimensión más aguda, es cruel. Pérfida y voraz, te va abrazando como una gran y disimulada serpiente para finalmente comerte. Pero no es una enfermedad terminal, no es una enfermedad mutiladora, a no ser que uno desee darle alas.

Los abismos del alma están ahí, aguardándonos a todos y cada uno de nosotros para que conozcamos una pequeña porción del infierno en vida. La depresión es un factor que, digamos, multiplica la fuerza de la gravedad para, primero lanzarnos a esos abismos y, luego, mantenernos aplastados contra su base permanentemente.
¿Cuál es la técnica para emerger? ¿Cómo hacer para volver a respirar?
Mucho me temo que, para cualquiera que se encuentre en tan desdichado terreno, el modo a proceder es idéntico, irrefutable e ineludible.
El paso a paso.
El lento, tedioso e infructífero caminar que solo dará resultados con gran constancia y esfuerzo.

En este esbozo que he hecho del drama, ¿Qué poder ostenta el amor?
Es importante puntualizar que no hablo de atracción física ni de flechazo sin sustancia.
Hablo de dar con una persona con la que compartir buenos y malos momentos. Tan buenos como la luz que nace de lo mejor de nosotros mismos. Tan malos como las sombras que pueden hacer de cada ser un humano un pequeño demonio en potencia. Y, en medio, todos los grises que conformarán los valiosos instantes a compartir junto a quien escojamos y seamos escogidos.








Otros lectores pensarán en lo terrorífico como contrapartida. Como argumento de peso que decline la balanza a su favor.
De nuevo debo disentir.
Si bien estoy de acuerdo en que este mundo genera situaciones descabelladas, puedo lastimosamente presumir de haber conocido las mieles del terror en carne propia. Los psiquiátricos, las pesadillas vívidas o las alucinaciones me permiten afirmar el ser conocedor de hasta qué punto uno puede llegar a querer quitarse de en medio.
De nuevo el amor se presenta en esta escena como una fuerza mayor.
Una vez más, arrasa como lo que es. Una tímida luz que basta para que uno se guíe en plena oscuridad.
En una vida que alberga fases negras y mortíferas para muchos de nosotros, esa luz se asemeja a la del final del túnel, con la diferencia de que no nos conduce a un más allá, sino a los queridos y conocidos brazos de esa persona que siempre ha luchado y luchará por nuestro bien.

¿Qué hay de la comedia? ¿Qué de la tragedia?
Pilares, más y más cimientos para la construcción de algo que se escuchará como un grito hacia los canales de la infinita eternidad.

Porque incluso en la pérdida inevitable, en ese doloroso momento en que la guadaña del destino separe a las personas que se aman, el simple recuerdo de un olor puede representar más que una primavera en el invierno que parecerá reinar el fin de nuestros días.

Darme cuenta de todo esto no es más que un reencuentro con lo que una vez fui.
La repesca de antiguos ideales a los que mediante un soplido de redacción libro de su capa de polvo.
¿Qué tiene esto que ver con la inspiración?
Creo que escribir sin amor es como tratar de sentir con el corazón muerto.
Creo que lo inspirador solo acude a personas vivas de un modo valiente y sincero.
Creo que las musas solo acarician heridas que duelen, y que solo aquél capaz de amar puede acarrear dicha carga disfrutando de dicho alivio.

¿Alguien todavía duda de que el amor es la fuerza más poderosa que existe?
Este texto no va dirigido a cambiar voluntades o disparar hacia realidad alguna.
Este texto es un ramo de matojos mentales de una mente enferma a más no poder. La mayoría oscuros, debido a la depresión que estrangula mis neuronas teniéndome entre sueños la mayor parte del día.
Pero nada puede evitar que coloque una simple flor como acto conclusivo.
Que cada cual la imagine como prefiera.
Conocida o por conocer.
Amada, querida o apreciada.








En mi caso es una mirada que parece fundirse con su entorno como si de veras pudiese ver más allá. Soñadora, preciosa y profunda, tan oscura como cálida.
Normalmente uno conoce a las miradas como carta de presentación.
Sin embargo, en mi caso me ha tocado experimentar el modo de proceder de alguien ciego.
He conocido lentamente el aroma de su aura.
Lo he amado, tanto que me ha asustado hasta casi hacerme salir corriendo en dirección contraria. Tanto que me ha hecho dar pasos de tal aplomo que desconocía la existencia de esa fuerza en mí.
Ahora, de repente, cuando más intenso es ese olor a vainilla, parece que el sentido de la vista regresa a mí.
Pero ya tanto da.
La dulzura de una voz que me ha acompañado por largos meses ha sido tan real que he aprendido a caminar sin tener que ver.
Mi confianza ha erigido unos cimientos sobre los cuales se puede edificar una vida.

Más allá del drama de la enfermedad mental y lejos del terror de la locura.

Una vez más, ya con cuerpo y mente mutilados por el desgaste de las batallas, una nueva oportunidad amanece en el horizonte. Y mi alma ruge, gritando al infinito su deseo en busca de gratitud.

De modo que, si me preguntaran acerca de la fuerza más poderosa, mi respuesta no albergaría dudas. El triunfo del amor, que, entre tanto odio, temor y muerte, se alza en una extraña Victoria.






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domingo, 23 de junio de 2019

Segunda experiencia bipolar sin alcohol (Parte VII)





Las lenguas que conforman las llamaradas del calor acarician mi alma




Podría imaginarse esta línea introductoria como un paisaje apocalíptico, en el cual mi cuerpo yace junto a tantos otros abrasado por las altas temperaturas.
Pero, como todo en la salud mental, las adicciones y demás miserias humanas, la realidad adquiere tonos mucho más lúgubres y subliminales.

La realidad es que peino puntualmente los bares para administrarme dosis, bajas pero regulares, del tóxico.
La realidad es que me revuelvo por las noches en mi lecho, al que ya empiezo a contemplar como si se tratase de un auténtico potro de tortura.
La realidad es que la depresión se consolida, dando brochazos de veracidad al muro de marginación que, lenta pero constantemente, he ido alzando.


Desgranemos esos aspectos un poco.
¿Por qué sigo tonteando con el alcohol?
Mi romance con el tóxico data de más de dos décadas atrás.
Lo canalizo absolutamente todo a través de él, hasta el punto de no querer vivir sobrio ni un minuto. Lo demoníaco de su naturaleza me salta a la vista. No obstante, hay algo en mí, algo autodestructivo, que mora en las sombras de unos pozos cuya sed no parece tener fin.
Soy consciente de que mantiene atada a mi imaginación, anula mi creatividad y alimenta la procrastinación.
Aunque, por otro lado, dibuja en mi rostro esa sonrisa amarga que solo los alcohólicos conocemos bien.
Es la última risa de un payaso moribundo.
La chispa que ilumina la mirada del Joker.
Esa carcajada cómplice que, desde la oscuridad, te dicta los males del mundo que te rodea. Que te anima a disfrazarte y pasar desapercibido, cuchillo verbal en mano. Que te abraza como si mil agujas te atravesasen, para susurrarte que sólo ya estás bien.
Una soledad que a buen seguro pudrirá tu alma.
¿No es esa la esencia del mundo al que perteneces?








Es turno de la segunda parada en el desgranamiento de mi realidad.
¿Por qué los sueños se tornan tortura?
El campo de lo onírico escapa totalmente a nuestro control.
“Se mira, pero no se toca”, elevado a “se mira, se siente, se sufre y se hereda, pero no se posee”.
Se mira lo que tu subconsciente tenga a bien mostrarte. Hilvanado con las delicias de una mente peliculera, el hilo conductor de los sueños mantendrá en suspense todo el terror, el romanticismo, el drama y la tragicomedia que tenga guardados en su chistera.
Uno podrá sentir escalofríos de puro pavor al ver a ancianas arrastrase sobre su torso de piernas amputadas. Podrá sentir el hormigueo en el estómago que proporcionan esos besos selectos que tanto creemos poder experimentar y que, en verdad, tan poco saboreamos. Podrá llorar ante pérdidas presentadas con mimo cruel, y prácticamente despertarse ante absurdidades con la que la mente regará el conjunto.
En medio del periplo, quizá cierto sonambulismo nos sorprenda secándonos el abundante sudor en plena oscuridad.
Sin embargo, es la semilla que los sueños dejarán en nosotros lo que más desconcertará.
El eco de lo perdido, de lo que nunca ha existido, y que quizá nos haya reportado más intensidad que todos nuestros anteriores meses de vida.

En mi caso, considero una tortura haber de sufrirlos en cantidades exorbitantes cada noche.
El que en su mayoría sean vívidos, apoyados en parálisis y terrores.
El que en su mayoría me aporten salvación, para luego arrebatar toda esperanza.








Finalmente, llegamos a la tercera parada del análisis.
¿Es el aislamiento una sabia elección o simplemente una consecuencia del dolor?
Leyendo las crónicas de otros compañeros afectados por diferentes patologías, concluyo lo segundo.
La soledad no tiene porque resultar una enemiga. De hecho, ni siquiera el concepto de la soledad en sí misma es fácilmente valorable.
Es más que conocido el hecho de que uno puede sentirse mísero rodeado de gente, y afortunado al lado de la persona adecuada.
Igualmente conocida resultará para el lector la imagen del tigre herido, agazapado y a la defensiva.
Creo que vivimos en un mundo hiriente.
Un mundo con sed de aplastar, de herir gratuitamente si no hay castigo de por medio.
Es por eso que los enfermos mentales y los toxicómanos erigimos auténticas murallas entre el mundo exterior y nosotros.
Conocida o conocidas ya a las personas adecuadas, resulta natural el hecho de agazaparse y defenderse del resto. Enfermizo como la herida misma que padecemos, pero natural al fin y al cabo.
Ya del caminante dependerá el ignorarnos o decidirse a atacarnos o acariciarnos.


Por el momento, esta serie divagaciones conforman un ensayo a medio camino.
Atrás, un arranque con ilusión en busca de la conquista de la estabilidad maníaco depresiva.
Delante, meses de frío y trabajo. Amor y amistad.
En este mismo instante, a las tres de la tarde de un domingo castigado por la llegada de una ola de calor sin precedentes, la realidad suda sangre coagulada.
Así siento fluir mis palabras.
Espesas. Infectadas. Contaminadas.





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viernes, 14 de junio de 2019

Segunda experiencia bipolar sin alcohol (Parte VI)






Jugando con fuego.

Ese debería ser el título de este sexto ensayo de la serie, si éstos portasen uno.
Justo en las fechas en las que deberíamos estar brindando por la consecución del primer mes de sobriedad, me doy cuenta de que justo en esta frase va incluido el problema raíz.
El dichoso brindis de celebración.
¿Imaginas la abismal cantidad de cosas que pueden merecer una celebración?
Incluso un hecho tan significativo como el premio a meses de trabajo esconde en sí mismo la trampa que el tóxico lleva asociada.

La mente es juguetona.
Usa la información de un modo que la habilita a moldearla a su conveniencia.
Tanto hablar con anterioridad de lo vital de la brújula interior, de la claridad de objetivos… Para verme trampeando con esa copita que cae solo de vez en cuando.

Afortunadamente, estoy dispuesto a coger de nuevo las riendas del proyecto.
A la recaída que significó la escritura del quinto ensayo le siguieron algunas más. Toda una semana que lanza por tierra las tres anteriores de batalla por la abstinencia.
Las conclusiones a sacar son inmediatas.
Mi vida se ha complicado, ensuciándose en diferentes frentes, enmarañándose en la mayoría de ellos y cerrándose hasta comenzar a apestar.

La inmediatez de estas constataciones alivian mi frustración.
Mi mente debe estar claramente posicionada a favor de dejar el tóxico, pues de no ser así, no concluiría con tanta alegría tales afirmaciones pesadas como losas.
Sin embargo, en esta ocasión sí que me gustaría acercarte a mi realidad. No como intento de justificación, ni con voluntad de convencimiento. Simplemente porque me apetece sentirme, de algún modo, acompañado.






Mi primo ha desaparecido de mi vida, dejando tras de sí ese hueco en el cual eres perfectamente consciente que no vas a poder edificar nada parecido ni equivalente. Como mucho respetar la zona cero, en memoria de todo el dolor que una relación tóxica que se extiende por más de tres décadas puede ser capaz de generar.

Los míos prosiguen con sus vidas en mi pequeño pueblo natal, y la sensación de que las diferentes corrientes geográficas hacen patente la ya de por sí inevitable distancia me corroe por dentro, día sí, día también.

He desarrollado una pereza a quedar con mis amigos en la gran ciudad, y más aún a hacer nuevos. Construida sobre cimientos de envidias y frustraciones, de pesares y malestares, dicha pereza me aísla en el pequeño estudio donde vivo, donde la única ventana al exterior son pantallas digitales.

Los latidos de mi corazón rugen sólidos, fuertes y sinceros, pero la persona a cuyos oídos pretenden llegar está tan lejos, que del grito inicial siento que solo queda el eco de un susurro desvanecido a medio camino.

Mi yo más resuelto, ese que regaría con su carcajada todo este texto, permanece encapsulado ante la ausencia de alcohol. Y junto a su exilio, siento como gran parte de mi alegría y mi optimismo, de mi carisma y mi virtud, se diluyen sin que sienta ápice de su aura.




Esa vendría a ser mi realidad plasmada en un rápido boceto.
Por eso he encendido una hoguera ante la creciente oscuridad que parece rodearme a cada nuevo paso que doy.
Pese a que se dónde me dirijo, pese a que conozco la alegría que el futuro me tiene prometida, no son pocas las noches en las que los aullidos de los depredadores me hielan la sangre. Como buen conocedor de las miserias de mi trastorno, sé perfectamente cuánto debo temer esas fauces siempre atentas a mi fragilidad.

Juego con fuego porque la negrura duele y corroe. Pudre y destruye. Mata y extingue.

Mi psiquiatra parece recibir esta información como un tenista experimentado que se resiste a perder el punto.
Y, por muy frustrante que resulte, considero que disfrutar de un rival como ese es la única vía para que algún día pueda alzar el trofeo de la abstinencia en el circuito de la estabilidad.

Es tiempo de dejar de hablar de yelmos, escudos y espadas. De alejarse un poco de los campos de batalla para recordar y recordarse a uno mismo que no hay nada de épico en dejar una adicción.
Triste es el camino que conduce a las profundidades de sus abismos, y más triste aún resulta el instante en el que uno debe escalar lo caído, pasada la novedad de los primeros pasos.








Naces solo, vives solo.
Cuántas veces me habrán restregado eso esgrimiéndolo como un dogma.
Me lo dicen personas rodeadas de amigos y familia, que como mucho han experimentado la verdadera sensación de soledad en contadas ocasiones. De momentos puntuales convertidos en banderas de sus fortines.
Quién sabe.
Estoy cansado.
Ni quiero asediarlos ni quiero hacerlos volar desde dentro.

Al final, cuando el peso de las cadenas vuelve a ser tu peor castigo y la sobremedicación te tumba hasta extremos que sólo tú percibes… Solo sueñas con edificar tu propio fortín, amurallarlo debidamente y ser feliz en él.
Ardua tarea en la que, no obstante, creo estar dando resueltos pasos.

Por lo pronto siguen las SEBSA, con esta sexta parada que significa al mismo tiempo un nuevo ciclo, un nuevo arranque, en el que, de todo corazón, espero seguir teniéndote a mi lado, con el vago pero cálido aliento de tu mirada recorriendo líneas que nacen de mi alma.





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jueves, 6 de junio de 2019

Segunda experiencia bipolar sin alcohol (Parte V)





Del mismo modo que he acudido tanto a los míos como al centro de drogodependencia, me dirijo a ti, querido lector, para comunicar que ayer tuve una recaída.
No fue mucho, el día era horrible, se juntaron muchos factores y el bla bla bla que puede antojarse tan eterno como convincente. Una cháchara a la que no voy a recurrir. Porque en un proceso de desintoxicación, así como en tantos otros aspectos de la vida, ante un derribo solo queda levantarse y ponerse a caminar de nuevo.

No es que ande con una resaca descomunal, ni que haya visto de repente la estela de la luz a perseguir.
Todo sigue igual, con la pequeña salvedad de que mi cerebro sigue identificando el atajo del alcohol como una loable medida para capear el temporal.
Mala cosa.
Si no tomo cartas de pura estrategia en el asunto, estos episodios me irán poniendo contra las cuerdas cíclicamente para finalmente darme la estocada con días fatídicos como el de ayer.

Esa estrategia pasa por modificar ciertos aspectos de mi vida y ser radicalmente fiel a ellos.
Como quien se agarra a un saliente en plena caída al abismo desde el cual puede librarse de su fatal destino.
Vida social me dicen algunos.
Ejercicio físico esgrimen otros.
Y en mi cerebro, ante todos esos inputs cargados de buenas intenciones, una palabra resuena desde la lejanía, como un vago eco que emerge de las cumbres de la mente para finalmente hacerse notorio como un grito. Depresión.
La fase más baja de la patología bipolar lleva intrínsecas una serie de prácticas a las que, año a año, acudo religiosamente.
Aislamiento social y apatía se dan la mano con elevado consumo de tóxicos.
Sin embargo, esta vez, una sobriedad que se ha extendido por más de tres semanas consecutivas, ha venido de la mano con una alta productividad literaria.
De nuevo, por enésima vez, he experimentado las mieles terapéuticas de canalizar mis emociones en ríos de letras que, poco a poco, conforman los lagos luego conocidos como mis novelas.

Mucha culpa del furor que me acompaña al teclear, de la razonable comunicación con las musas y de la regularidad de publicación se debe a un cambio de fase maníaco depresivo. Un amago de escalada que comuniqué de inmediato a mi médico y que ha sido atajado de raíz.
De ahí la generosa franja de tiempo transcurrido desde la redacción del cuarto ensayo.
Sobremedicado caigo en los nada agradables pozos de una desgana que roza la procrastinación y un mal humor constante de los que nublan la cabeza como humo de puro mal apagado.








De modo que en estas estamos.
A medio camino.
Atrás, un pasado difícil pero trabajado. Delante, un bello horizonte cada vez más distinguible. Sin embargo, ¿Qué hay del presente?
El reloj señala que estamos a mediodía de un jueves caluroso dentro del pequeño estudio donde me encuentro con mi gata.
El primer libro de mi saga más querida ha sido relanzado, con vistas a ejercer de cimientos de nuevas ediciones para todos y cada uno de los libros por los que tanto esfuerzo he empleado en la última década de mi vida.
Así podría ir hilvanando toda una tela de factores, unos más materialistas que otros, que se extendería hasta el final de este quinto texto de la serie SEBSA.
Pero prefiero atajar y sacarme el as oculto en mi manga.
Prefiero atacar con mi reina que enrocar al rey.

Sinceridad en mano, puedo afirmar, sin lugar a duda, que aquejo de un profundo vacío emocional.
Seguro que muchas personas de luz, unas con contrastado amor hacia mí y otras con marcadas buenas intenciones, podrían parchear el balón pinchado que representa mi corazón hasta dejarlo pulcro y como nuevo.
Pero yo quiero un nuevo esférico.
Quiero sentir de cero, quiero poder tener esa segunda oportunidad que, según tanto se dice, todos merecemos.








Desde México, una bella personita me ha acompañado durante buena parte de esta aventura en la que encuentro sumido. Ha regado las tierras de mi manía y mi depresión con sus consejos y su compañía. Con su paciencia. Con su cariño y con su amor.

De modo que, para el lector avispado, bastará con coronar esta pequeña introducción al núcleo de lo que en mí palpita con la constatación de que estoy muy ilusionado. Albergo muchas esperanzas en que, algún día, lograré salir de las trincheras amargas de la lucha contra todo y todos.
Para pasear por verdes prados donde tumbarme y, simplemente, ver las nubes pasar.
Sonriendo por fuera y por dentro, saboreando, como solo los que hemos sufrido de verdad sabemos, lo que significa verdaderamente el concepto paz de espíritu.

Por ahora, tras haber cerrado los ojos por más de una hora para otear mi mundo interior y convertirlo en palabras, alzo mi mirada y un gesto amargo tuerce mi rostro.
Veo aún mucha desolación.
Mucho humo de llamaradas demasiado recientes.
Y ese Monstruo, siempre esquivo, siempre en la sombra, sonriente.

De modo que no me queda otra, tras la alarma que activó mi recaída de ayer, que agarrar lanza y escudo y colocarse bien el yelmo.
Como reza el final del fim 300, ya con la suerte echada sobre la batalla de las Termópilas:



Si alguna alma libre pasa por este lugar,
en los incontables siglos que están por llegar…
decid a los espartanos, caballeros,
que aquí, por la ley espartana, yacemos.





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martes, 4 de junio de 2019

Relanzamiento de La cabaña: Una tercera aproximación





¡La cabaña!
¡¡El oscuro laberinto de la psicosis!!
¡¡¡Ya a la v…!!!


Vale, respiraré hondo.
Se trata de un momento muy especial para mí, y antes de compartirlo contigo, querido lector, debo lanzarme a tejer este tercer acercamiento a la nueva edición de La cabaña.
Porque, como dije en anteriores posts, aún quedan muchas cosas en el tintero.

En esta ocasión quisiera hablar de la maquetación a la que se ha visto sometida la revisión de la obra.
A la espera de que lleguen mis primeros ejemplares en físico, puedo decir, gracias a las vistas previas, que el resultado es, al menos para mí, algo realmente maravilloso.

Algunos lectores de la primera edición aquejaban cierto caos en la organización de los capítulos y anexos de la obra.
Éstos últimos se encontraban al final del libro, de modo que era necesario avanzar a ellos para, tras finalizar su lectura, retroceder al punto donde se había dejado la historia principal.
Es una de las muchas cosas que se han modificado.
Ahora las ilustraciones nos dan la bienvenida a cada capítulo, los títulos nos llevan de la mano en la aventura y los anexos gozan de fuentes y márgenes lo suficientemente distintivos para que el único laberinto en el que nos perdamos sea el de la propia trama.








Páginas de fondo oscuro como los abismos de la mente encabezan y concluyen los relatos mas largos.
El ‘Making of’ de un libro en papel es, en sí misma, una historia digna de ser contada.
Sin embargo, me reservo estas anécdotas para más adelante, cuando la embarcación de esta novela ya se encuentre bien entrada en alta mar.








De momento sale del puerto.
Y, de veras, que el barco luce sólido y precioso.
En las páginas que lo conforman, una emocionante historia te está esperando. Quizá por momentos te descubras incrédulo ante el horror. Quizá el dolor te cause estremecimientos. Pero, dentro de esa corteza amarga como es la enfermedad y el trastorno maníaco depresivo en particular, hay un torbellino de vida, un huracán de ansias por respirar oxígeno puro y una incesante lucha contra los titanes que la mente humana puede generar.
No estarás solo en un viaje que promete tormenta e inmenso oleaje.
Recuerda que todo un elenco de personajes va a acompañarte.
Hazlos tuyos.
Personifica la historia.

Ese es, cuanto menos, el principal deseo con el que redacté todas y cada una de sus líneas.
Poder transportarte a cada mundo y situarte frente a cada personaje.
Hacer que sientas lo cálido de esa hoguera en medio de un entorno tan hostil.

Ahora sí.
Ya puedo gritar, y hacerlo con todas mis fuerzas:



¡La cabaña: El oscuro laberinto de la psicosis!





Consulta mucha más información en la web:






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