lunes, 29 de octubre de 2018

Reseña de 'La taberna: Una libreta para el recuerdo' (Eva Gavilán)





RESEÑA DE 'LA TABERNA'

por Eva Gavilán

Para leer la reseña en Goodreads sigue este enlace



Desde el prólogo quede enganchada. Si la cabaña me inquietó la taberna me hace arañar la esperanza.
Joel se ve ungido en esta entrega por el don de la ubicuidad. Su mente lo transporta al lugar adecuado en el momento preciso. Ahí donde debe encontrar las respuestas que busca incesante. Joel se daña a si mismo a través de sus notas, de sus sentimientos y su fuerza de voluntad. Hurga en el pasado y escudriña el futuro jugando su propio laberinto y guiando al lector al final anhelado.
El símil de la anaconda acechando su integridad y la ayuda de sus muletas en forma de los mismos personajes de la cabaña nos dan a entender que el apoyo lo consigue a base de su fuerza de voluntad. El escritor aflora defendiendo su propia determinación
Etapa de catarsis. Auto conocimiento y auto curación. Determinación y conocimiento de los factores externos e internos que perturban la tranquilidad y el sosiego.
Cuando comienza en la historia la parte biográfica abierta y sincera la angustia del lector se ve recompensada por los logros del escritor. La transformación que sufre llenando espacios con actividades productivas, con creatividad e inventos, son la parte interesante del problema que se va superando.
La certeza de que la tormenta volverá a aparecer hace que ubiques el faro que te va a iluminar cuando llegue el momento de aferrarse a La Luz que te conducirá a puerto seguro. Sabia reflexión.
El autor juega en primera persona, salta hablando en tercera. Surgen consejos dentro de la historia, vivencias, reflexiones. Va y viene transformándose en víctima y protector. Bañándose en bálsamos de conocimiento definitivamente esa es la clave conocerse a sí mismo y desmenuzar sensaciones, temores, fijar metas y alcanzar proyectos. La escritura, el verbo, la palabra hacen navegar a Víctor, a Joel y a los personajes *intangibles* por el mar de la esperanza.

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Reseña de 'La Cabaña' (Mar Jurado)





RESEÑA DE 'LA CABAÑA'

por Mar Jurado

Para leer la reseña en Amazon sigue este enlace






Nos encontramos en un escenario donde se encuentran varios protagonistas como son niño, adolescente, hombre y anciano que no hace más que escuchar a cada uno de ellos y leer los anexos que han escrito y que son lo que enriquecen a la historia.
La bipolaridad está presente en la obra, haciéndonos ver cómo transcurre en cada uno de ellos y su significado.
La cabaña y la hoguera tan presente y tan significativa a la vez, los pensamientos, las sensaciones, todo queda reflejado en un libro que no deja de ser y de expresar lo que una enfermedad puede llegar a ser, a sentirse, a destruir, a significar...
A través de la evolución de los personajes por esas distintas etapas, podemos comprender mejor por medio de sus palabras, sus emociones, pensamientos, reflexiones, actuaciones..... y qué mejor que a través de si mismo, lo que es la enfermedad.
Equilibrio, esperanza, soledad, melancolía, ascenso, descenso, sueños, alcohol... Son algunas palabras claves para dar sentido a esta situación que cada uno captara de una forma diferente conforme vaya leyendo.
Una situación difícil, a veces enrevesada que intentas descifrar e incluso a veces volviendo a releer con el fin de comprender a través de sus líneas lo que el autor nos quiere transmitir.
Me quedo con esta frase "solo quiero informar de que he sobrevivido a la mayor batalla que voy a librar en toda mi vida".

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miércoles, 13 de diciembre de 2017

El bipolar que no se dejó tumbar (Cinderella Man)





EL BIPOLAR QUE NO SE DEJÓ TUMBAR
(CINDERELLA MAN)




“No me hables mierdas de la suerte. Hace mucho que la perdiste.”


Llevar el combate entre una persona y un trastorno bipolar al terreno del boxeo del film Cinderella Man. Eso es lo que va a tratar este símil, con mayor o menor éxito. Con victoria o derrota, por KO o por puntos.
Esta historia da comienzo en un punto de mi vida en el que me arrastraba, más que caminar, por ella. Porque voy a hablar, en esta ocasión, desde mi propia experiencia, aunque espero que de ella se pueda extrapolar contenido al combate maníaco depresivo en general.
Yo andaba sumido en una vorágine alcohólica que suponía el clímax a la autodestrucción gestada mano a mano con un trastorno desestabilizado por años.
Si en el boxeo son los puños los que libran buena parte de los combates, en la salud mental todo se desarrolla dentro de una misma cabeza: La nuestra. Así pues, no es descabellado decir que mi cabeza, tras tantos combates contra episodios de la enfermedad, estaba tan maltrecha por aquél entonces como la mano derecha de Jim Braddock en el film que nos ocupa. Joven promesa en su momento, la mala fortuna en forma de lesiones del boxeador lo llevó a pasar gravísimas dificultades, en forma de bajo rendimiento en el ring y apuros económicos fuera de él.
Cuando un bipolar atraviesa cíclicamente demasiadas crisis, los resultados pueden ser muy parecidos, siendo el ring la pelea por la propia libertad y la vida, la misma que muchos conocemos.

El caso es que, en un momento determinado, quise pelear por algo que no había hecho antes: Vencer mi adicción al alcohol. Jim, el protagonista masculino del film, peleaba por Mae, su mujer, y sus hijos. En mi caso, vencer mi adicción, entre otras cosas, era cuanto menos garantía de cierta felicidad y paz para los míos.
Siendo este campeonato algo cíclico, siempre llega el momento en el que tu representante se te planta con la oferta de “un último combate muy bien remunerado”. Y es aquí donde da comienzo la historia. 
 




“Solía rezar para que te lastimaran lo suficiente y no pudieras seguir peleando.”


A partir de la decisión de aceptar ese combate, de pelear por mantenerse sobrio día a día, ocurren dos cosas. La primera es que el trastorno se remueve, quizá imperceptible en un principio, como el origen de un tsunami. La segunda es, que si vences el combate, si realmente pones todo tu empeño en ello, el horizonte se llenará de más peleas.
Cuando uno ha sido derrotado por KO por un trastorno tan peligroso como lo puede ser el mundo del boxeo, en repetidas ocasiones y con secuelas tan graves como son los huesos fracturados de Russell Crowe, para el entorno más cercano a nosotros puede resultar de lo más duro ver como nos alzamos en aras de una victoria ante algo que no se puede derrotar. Porque cada vez que me he levantado y me he puesto a pelear, he tenido entre ceja y ceja la conquista de mi propia libertad, de una vida no subyugada a las condiciones del trastorno, sino más bien controlándolo y empuñándolo como quien se enfunda los guantes del deporte que nos ocupa. Unas cejas partidas por los lugares donde la enfermedad ha ido golpeando a lo largo de la década que lleva ya diagnosticada. Unas cejas que, al mirarme al espejo de mi interior, me devuelven la garra y la voluntad de intentarlo de nuevo. Unas cejas que, en cambio, al ser vistas por los demás producen una sensación de impotencia casi visceral. Esas cejas son los circuitos de neurotransmisores del cerebro, que cada vez que pelean por el título mundial de la locura contra ni más ni menos que un brote psicótico, saltan por los aires en el film en forma de ríos de sangre, y en mi experiencia en forma de largas desconexiones depresivas, sufrimiento y dolor.




“¿Cree que me ha dicho algo nuevo? ¿Como que el boxeo es peligroso o algo así?”


A medida que Braddock avanza y escala por la conquista del título mundial de los pesos semipesados, los rivales no dan crédito a que el veterano rival que tienen enfrente muestre la cantidad de recursos que Jim demuestra. Eso es algo muy parecido a lo que ocurre cuando a un bipolar se le dispara la hipomanía, pues en esas condiciones plantearse objetivos como dejar atrás el alcohol se convierte en algo incluso sumamente entretenido, casi divertido. Pero no se tiene en cuenta que el destino inexorable de esa fase es la irritabilidad de la manía que se vuelve contra uno mismo, erigiéndose como el penúltimo gran rival antes de conquistar nuestro título, nuestra ansiada libertad.
He comentado con anterioridad que la victoria final era imposible. Eso lo he dicho pues, incluso manteniendo el tipo frente a la manía, incluso intercambiando golpes durante quince asaltos que nos dejarán mentalmente excelsos y físicamente destrozados, el premio no será otro que el ser aspirante al título contra el rival más sucio y peligroso del campeonato: Max Baer, que en este símil hará las veces de la psicosis.
Y aquí es cuando se produce la fractura en la comparativa, pues si bien el film J. Braddock mantiene un pulso de lo más emocionante contra el último púgil al que se enfrentará, en cierto momento crítico encuentra el punto de inflexión para salir vivo, y a la postre ganar, el combate. Ese es el punto en el que los brotes psicóticos, y el de esta historia en particular, no perdonan, ni muestran puntos débiles, ni reconocen nada del valor de tus últimas peleas. De un solo puñetazo, un directo total, lo borran todo, hasta tu propio cerebro, haciéndolo estallar mandándote por KO al suelo, qué digo, al subsuelo del lado más terrible de la salud mental.
Este Max Baer que he construido en este símil es así. Igual de despiadado que en el film, pero con la invencibilidad que otorga la condición de grave episodio mental.
Así pues, ¿Recomendaría no pelear nunca contra él? ¿Tirar los guantes antes del combate en caso de que se presente? No sabría responder a esa pregunta, pues la antesala del combate es el encuentro con la manía, y ahí la voluntad arde con tal intensidad que el mero hecho de querer frenarla quema y calcina a quien lo intente.
Lo que sí recomendaría es coger toda esta historia y transformarla.
Hacer de los combates una lucha por la estabilidad.
Quizá la el premio por el título mundial de nuestra libertad se difumine para siempre, pero mientras en nuestro corazón palpite el convencimiento de que hay que luchar, se presentarán combates. Que cada gancho sea un día sin beber. Que cada directo represente un recordatorio de nuestro convencimiento por mantenernos con los pies en el suelo. Quizá así podamos un día alcanzar la felicidad final de los Braddock. Y, de no ser así, cuanto menos dejaremos de sentir como la imponente figura de Baer, embajador de la psicosis en este texto, nos mira sonriente, provocadora, en la otra esquina del ring, envuelto por las miles de voces de la enfermedad mental abucheando y aclamando, en un griterío ensordecedor que en el film puede emocionar, pero que en este escenario maníaco depresivo llega a helar la sangre.


Todas las imágenes están sacadas de Google


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miércoles, 6 de diciembre de 2017

Un gladiador lejos de Roma





UN GLADIADOR LEJOS DE ROMA




“Roma es la plebe. Les ofrecerá magia y la plebe se distraerá, les quitará su libertad y seguirán rugiendo.”

Llegados a estas alturas, siendo esta ya la octava entrega de ‘El símil’, puede parecer que de mis palabras se desprenda cierta indefensión ante todo lo relacionado con la enfermedad mental. Sin embargo, la realidad es bien diferente.
Antes del fatídico diagnóstico, yo ya tenía poco menos que media vida a mis espaldas. Marcada por el trastorno bipolar, cierto, pero siendo ni más ni menos que el mismo lienzo en blanco con el que algunos de nosotros tenemos la suerte de partir.
En esta comparativa, el irresponsable e inmaduro, a la par que despiadado y cruel, hijo del emperador Marco Aurelio, representará a parte de a Cómodo, a las fuerzas que me impulsaron a abandonar los ideales que originalmente se formaron en mi cabeza.
En el film Gladiator, Marco Aurelio me recuerda a los valores con los que fui criado, mientras que Máximo sería un ideal en el horizonte en cuanto a entereza, o como sirve de lema para el personaje de Russel Crowe, ‘Fuerza y honor’. La dirección de esta brújula recogida en la más temprana infancia se grabó a fuego en mí, pero lo cierto es que o bien esa marca no estuvo lo suficientemente al rojo vivo, o bien la gélida tormenta de la oscuridad bipolar ya soplaba sus vientos impidiendo, de algún modo, que mis pasos fuesen a resultar firmes.
¿Cuándo Cómodo adquirió consciencia, poder y voz de mando en mi interior? En el mismo momento en que, a medida que el alcohol comenzaba a bajar por mi garganta, di por válido el escabullirme de la construcción de lo que habrían de ser los pilares de mi vida.
¿Puede uno construirse a sí mismo como desea sin perder el ímpetu por el camino? Esta pregunta me conduce al terreno de la identidad. La respuesta es sí, lamentablemente no porque la haya sentido a través de mis años de vida, sino porque la he visto y la veo constantemente en personas que me rodean, a las que Cómodo envidia y Máximo admira. Sin embargo, tras años de lucha entre las dos identidades que se enfrentan y he enfrentado tanto en el film como en este texto, me encuentro en un punto donde los instintos de Cómodo han sido saciados de tal manera que creo que quien teclea es sin duda esa parte. Una parte que, como reza la cita inicial, distrae con divertimentos de los verdaderos objetivos y de la auténtica realidad.



“Sí, puedes ayudarme. Olvida que me conociste y nunca más regreses aquí.”

¿O, como se me dice en ciertas ocasiones, Máximo sigue preso y malherido, pero con vida? ¿Podría ser que lograse respirar aire puro cada vez que la escritura fluye de mí?
En cualquier caso, la amarga cita anterior me recuerda lo que un día me dije a mí mismo, cuando la gran guerra entre Cómodo y Máximo terminó, como si una bomba nuclear hubiese arrasado con el hogar del General. En el film, las traumáticas muertes de su familia bien podrían expresar mejor los sentimientos que atraviesan el corazón de uno cuando se ve sumido en un primer ingreso psiquiátrico, cuyo filo se retuerce mortalmente con la aparición de un diagnóstico crónico. Fue en ese momento cuando me hablé, cuando derrotado y avergonzado, sintiéndome muy lejos de mis ideales y objetivos, entregué el mando de mi consciencia a los instintos vengativos e iracundos de Cómodo. Un niño mayor con un miedo a la oscuridad generado a partir del miedo a sí mismo.  
A partir de ahí un cúmulo de despropósitos va derrumbando Roma. Mi Roma, de la que hablaré más adelante. Pero no es el fin para Máximo, que, si en el film pasa a convertirse en gladiador, en este símil heredará esa condición para representar esa luz, tenue pero constante, que al parecer no me abandona nunca, ni en los momentos más oscuros, donde por el contrario parece querer brillar con más fuerza.
Es desde esa fuente generadora de luz que las espadas regresan a mis manos. Solo que mis rivales ya no son asignaturas o traidores a la familia, que nunca tuvieron que ser tratados de ese modo salvo por la enfermiza mente de Cómodo, sino una vida marcada por la decadencia donde evitar las adicciones y las crisis se antojan como principales y mayores logros. Desde entonces las batallas se suceden, las heridas se van sumando, y unos compañeros caen mientras otros llegan y se mantienen a tu lado.



“¿Qué voy a tener que hacer contigo? No hay manera de que mueras. ¿Tan distintos somos tú y yo? Sólo matas cuando debes, igual que yo.”

Mis últimas líneas bien podrían aplicarse a la vida de todo el mundo, pero es el momento de incluir en este símil el trastorno maníaco depresivo. Las subidas y bajadas abruptas del estado de ánimo vendrían a ser las tretas de los mercaderes de Gladiadores, o del mismo Cómodo, por lograr la muerte amañada de nuestra parte resistente a desfallecer. Si en el film las bestias parecen atacar tan solo a Máximo, en mi vida el gozo que sienten mis instintos más odiosos supone sucios ataques para lo que trato de reconstruir o conquistar. Es decir, cada vez que bebo, cada vez que me vengo arriba esgrimiendo la estabilidad por bandera, siembro de trampas tanto el Coliseo como las plazas menores. Pues el agravante que eso supone para los vaivenes bipolares es más que digno de mención.
En ocasiones Cómodo alcanza la gloria máxima. Cuando mi cabeza vuela por los aires y la locura psicótica llega con sus mejores galas de conocimiento existencial a niveles universales. Cuando se quiebran las piernas del gladiador, que derrotado escucha el ferviente furor del público decidiendo su vida o su muerte. En esos momentos siento como si la mirada de Joaquim Phoenix ardiese con la intensidad de un millón de antorchas. Justo antes del apagón, que detendrá mi vida durante meses, hasta el siguiente ciclo.
Porque se trata sin duda de algo cíclico, siendo mi alta de los psiquiátricos en esta comparativa el pulgar hacia arriba que fuerzan aquellos que, sufriendo o disfrutando, me ven combatir. Y de nuevo las batallas, de nuevo un Emperador, que no tenía que ser tal, decidiendo que el entretenimiento y la distracción del beber son el camino a seguir. Y Máximo revolviéndose, ganando combates que no son más que espejismos en el desierto que aún, y siempre, habrá de recorrer.
¿Cuándo acabará todo esto?



“He visto parte del resto del mundo, es brutal, cruel y oscuro, Roma es la luz.”

La verdadera luz para Máximo es el hogar que pierde dramáticamente y, tras derrotar al villano que perpetúa la tragedia, parece reencontrar en el film tras el velo de la muerte. Yo me resisto a creer que la luz de mi Roma, de la que prometí hablar anteriormente, ya no esté a mi alcance por lo que me resta de vida.
Esa visión me la tengo que guardar para mí, pues se ha convertido en un tesoro tan valioso que temo ensuciarlo con palabras mal escogidas. Pero puedo decir que incluye el tacto de un abrazo al despertar de una noche sin pesadillas. Quizá con el calor de un día soleado entrando por una ventana. El fin de un dolor de cabeza inexistente pero que amartilla el cerebro con una insistente persistencia. Poder abrir los ojos, después de sonreír en una mueca incrédula, y derramar quizá una sola lágrima, que extirpe todo el dolor, exorcizando el mal de una enfermedad que parió a un hijo llamado Cómodo en un mal momento de inspiración. Un instante tan solo en el que sentirme yo mismo, libre de cadenas, libre de adicciones, con las personas a mi lado que siempre me hayan querido sin dudar.
Eso requiere de una batalla final. Ésta acontece en la película con un combate entre Cómodo y Máximo que en la comparativa anularía las identidades que enfrento. De modo que voy a dejar de divagar en torno a este film, pues parece que escucho pasos de tropas formar. Pero eso es otra historia, otra entrega de ‘El Símil’ que está por llegar.
Si todo esto me ayuda, y ayuda, a hacerse preguntas en torno a quién se quiere ser, y dónde está la verdadera luz de nuestra Roma particular… Entonces quizá signifique que Máximo aún sigue con vida, en algún lugar de mi interior. Sin buscar venganza sin embargo, tan sólo su hogar derruido de vidas segadas. Pues cada vez que escribo parezco asir un puñal contra el cuello de mi adicción, y cada vez que coloco el punto final al texto siento como el filo atraviesa a Cómodo, que incrédulo exhala un penúltimo aliento.






Todas las imágenes están sacadas de Google

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